viernes, 30 de diciembre de 2016

7

7         




            Llegamos al hospital. Entramos. Mi otra cuñada iba marcando el camino porque ese es su patiadero ya que es enfermera en el área de nefrología. Entró, saludó a algunos conocidos, sobre todo a algunas enfermeras. Más atrás iba yo, encorvado, no sé si con color o descolorido, lo que sí es que trasnochado y con tres dolores.
            Pasó derechito al sitio de asistencia de las emergencias. No había ningún médico. Todos estaban ocupados atendiendo heridos, algunos de bala, otros de tránsito, sobre todo caídos de motos. Se oían gritos de dolor. Yo como pude seguí hasta donde estaba un policía de guardia frente a un radio transmisor que sonaba a cada rato dando reportes que si de aquí y de más allá. Tal vez, también del más allá del más allá. Quizás reservando o cancelando algunos cupos con San Pedro, porque algunos ya estaban para irse, u otros apenitas habían llegado a las puertas y se habían regresado. Yo no me escapaba de esa reservación. A lo mejor, ya tendría mi cupo y faltarían algunos detalles, como el que me dieran el matarile-rile-ron, o, sea, el anuncio oficial de “se fue”, o “está a punto”. Y a punto, estaba. Me recosté en el mostrador buscando encontrar alivio al dolor que ya me tenía más cerca en la lista, aunque cuando dejaba de doler como que cedía algunos puestos y me dejaba colar en la fila y pasaba a algunos puestos más atrás. Pero, en ese momento, como que estaría de tercero o en los primeros puestos inmediatos de la puerta.
            Mientras tanto mi otra cuñada caminaba por acá y por allá, buscaba por aquí y por allí, y no encontraba respuesta positiva, sino un espere un momento que estamos ocupados. Yo busqué dónde sentarme. Miré unas sillas plateadas de huequitos y me dirigí hacia ellas. Me senté en la que menos tenía sangre al frente. Había unos zapatos deportivos ensangrentados en medio de un manchón de sangre lo que hacía pensar que por ahí había pasado un herido y además de la sangre había dejado sus zapatos. Eran muy grandes para mis medidas. Imaginé cómo debería estar y en qué condiciones debió haber llegado ese hijo de Dios al hospital. Y no digo ese cristiano porque eso sí que ni pa’saber si lo era o no. Por eso, mejor hijo de Dios, porque de eso ni la menor duda, y eso por ser criatura, obra suya.
            Los médicos estaban en unos compartimientos pequeños que según oía, en medio de los dolores, y en frente de los zapatos que eran muy grandes para mí, los llamaban “quirofanitos”. Y tendrían que ser porque estaban operando. Una doctora salió toda vestida de verde. Tenía un estetoscopio colgando del cuello y llevaba en la mano un bisturí. Salió a buscar algo. Fue a la parte interna de donde yo me había recostado y buscó en algunos armarios alguna cosa que no encontraba. Se agachó y se levantó varias veces y por lo visto tampoco lo había encontrado. A lo mejor era a mí lo que estaba buscando pero yo estaba sentado a unos siete metros más atrás. Y menos mal que no me encontró porque con la pinta que llevaba estaba dispuesta a echar bisturí por donde pasara. Yo, mientras tanto la miraba y observaba todo lo que hacía. Además no tenía más qué hacer, no tenía ni siquiera una revista para entretenerme. Así que, no le perdía detalle y la seguí volteando el cuello y la cabeza para ver dónde más se metía hasta que se metió en uno de los cubículos llamados quirofanitos. De seguro estaba operando y tendría que hacerlo sin lo que había salido a buscar y no encontró. No tardaron unos siete minutos cuando la misma doctora volvió a salir, como a buscar algo que se le había perdido y no lo encontraba, y tampoco lo encontró porque volvió al quirofanito sin nada y con el bisturí en la mano derecha extendida hacia arriba. Menos mal que no estaba loca porque con esa pose y postura, hasta el mal de abdomen se me hubiera quitado del susto. Menos mal.
            Mi cuñada se había desaparecido. Tal vez porque había visto a la doctora en esas actitudes de buscar y no encontrar y asustada diría “por aquí que es más derecho” en la huida, pero, estaba haciendo contactos. En eso siento unas palmaditas en mi espalda. Era la otra cuñada, es decir, la esposa de otro de mis hermanos, que me estaba como consolando y como diciendo “tranquilo, que la doctora está buscando otra cosa, no a usted… no se preocupe”. Además, no tenía por qué preocuparme ya que estaba muy ocupado en soportar los dolores, y que con todo y todo, me daban chancecito de mirar todo a mi alrededor para chismosear después, como lo estoy haciendo justo ahora.
            Los dolores iban y venían a su antojo. Unas veces suavecitos y constantes, y otras en mayor intensidad, que me hacían retorcer. Me sobaba el abdomen y la espalda porque a todas estas ya no sabía precisar, por fin, qué era lo que me dolía, si la espalda o el abdomen, pero en todo caso dolían los dos. En esas me vine en vómito. No había dónde dejar mi marca. El herido había dejado la suya con la sangre y los zapatos, ahora me tocaba dejar la mía y por lo visto tenía que ser con vómito. Había una papelera toda llena de sangre. La cuñada no quiso arrimarla porque le dio cosa. Yo insistía que no importaba. Ella buscó debajo de las sillas y encontró una caja alargada. La sacó y me la puso en frente en el piso. Ahí dejé mi marca. Por supuesto que la caja era un poquito grande para llenarla, pero después de unas cuatro o cinco, tal vez seis, embestidas ya iba aumentando la cantidad. A cada borbotón de vómito sentía que se me iba el mundo, me mareaba y sentía que abría los ojos un poco más de la cuenta. Comencé a sudar frío y aumentaba mi desesperación. Movía la cabeza para todos lados. Tal vez, estaría ensayando un baile de rock and roll, y qué sé yo de qué mezclas de ritmos, pero de que movía la cabeza, la movía, a la vez que pasaba las manos por delante y por detrás. Lástima no haber tenido una cámara de video para después patentar el nuevo ritmo de baile incluyendo las brotadas de los ojos y las arrugadas de cara para que fuera completo y más complicado que el baile de la macarena. Tal vez hubiera batido un record para el libro Guinness.
            El desespero y los dolores iban en aumento. Entonces, le dije a mi cuñada, que nos fuéramos a la clínica, a la que yo no quería que me llevaran porque le tenía miedo. La cuñada me propuso un poco más de paciencia y de que esperáramos otro poquito más, que mi otra cuñada estaba buscando a un doctor conocido. Lo había encontrado y le había dicho que ya venía. Está bien, asentí. Y en unos diez o quince minutos más apareció mi otra cuñada, con noticias alentadoras, de que ya venía el médico. Me dijo que me levantara y que la siguiera porque el médico me iba a ver en otra parte de la misma emergencia, un poquito más adentro. Me levanté. Mejor dicho me levantaron porque los dolores no me permitían ese lujo. Una vez de pie nos dirigimos al sitio. Me hicieron sentar en otra silla parecida en la que había estado y en eso apareció el médico. Me revisó, hizo un cuestionario, me imagino que de rutina para ellos tener alguna pista para guiarse, y me quería hacer recostar para hacer el tacto del abdomen, pero no había camilla disponible, ni un mesón ni nada que se pareciera a una cama o camilla improvisada. Todo estaba repleto de pacientes de emergencia. Le sugerí al doctor que me podía recostar en la misma silla donde estaba que era de tres puestos, que ahí podía ser. El médico asintió y ahí me recosté. Me entrequité la camisa. El médico comenzó su labor de tanteo y de tacto. -- ¿Le duele? -- No. -- ¿Aquí? -- Tampoco.-- Y en donde me dolía no lo decía, sino que casi me sentaba por instinto a la reacción defensiva y de respuesta automática. En la parte izquierda no me dolía sino el impacto de la presión de los dedos del médico. Pero en la parte derecha, sobre todo en la parte superior, ahí veía colores y sentía los dolores. El médico insistía en la parte baja del abdomen. Ahí no me dolía. Me hacía levantar la pierna derecha y todo normal, no me dolía nada. Volvía a presionar y a tantear en la parte baja del abdomen y todo bien, no me dolía, el problema estaba en la parte superior; ahí si me dolía.
-- Hay que operar – comentó el médico. Estaba ahora una doctora también, quien también repitió la misma rutina de revisión. Había algo que a la doctora no le convencía. Hablaron entre ellos en sus términos médicos que yo no entendí ni una palabra. El doctor mandó prepararme para la operación de inmediato porque era apendicitis y al mismo tiempo mandó preparar el quirófano porque este hijo de Dios, y, ahora, sí cristiano (este cristiano) se iba pa’quirófano. Le sugerí al doctor, que mientras tanto, me pusieran algo para el dolor. El doctor llamó a la enfermera, le dijo algo que yo tampoco entendí, la enfermera dijo que sí, y en dos o tres minutos más me estaban colocando una botella de solución, y con una inyectadora tamaño familiar me inyectaron algo. Y en cuestión de unos diez o quince minutos, ya el mundo para mí era diferente, ya no dolía tanto, o, por lo menos, empezaba a doler menos.
Me mandaron pasar hacia adentro porque hasta ahora estaba en los pasillos. Adentro era en la salita contigua a un escritorio porque más adentro estaban las camillas y estaba full de pacientes. Me senté en el extremo hacia la pared. Era de tres puestos. Mis dos cuñadas se sentaron en los dos puestos restantes. Serían cerca de la seis de la mañana, tal vez, seis y media. Ahí me senté y como pude, ya con menos dolor, pude dormir algo. Había pasado toda la madrugada para no decir toda la noche pa’rriba y pa’bajo y ahora ya como que todo era diferente, por lo menos así se vislumbraba. Ya, por lo menos, habían detectado el mal, era apendicitis y por lo menos habían colocado calmantes. Ya era otro cantar.
Se acercaba la hora del cambio de turno del hospital. El doctor insistía que tenía que operar, y ya. El problema se presentó con la doctora que estaba con él que se negaba a operar. Alegaba que ya era muy tarde y que estaba muy cansada. Que era mejor que lo hiciera el doctor o los doctores del nuevo turno y que faltaba poco para el cambio. Que ella no iba a ayudar a operar. Se presentó un tira y empuje. Que no. Que sí. Y lo hacían frente a mí. Yo oía. Yo le daba la razón a la doctora, tampoco era que me la estaban pidiendo, pero lo pensaba. Aunque, en el fondo-fondo de mí, me decía que operaran de una vez, para salir de una vez por todas de todo este padecer. Pero la doctora tenía toda la razón.
El caso quedó resuelto. Llenaron la ficha médica. Y determinaron que se trataba de apendicitis para que los del nuevo turno hicieran lo que tenían que hacer.

Pero, “una cosa piensa el burro y otra el que lo va a montar”, dice el refrán. Porque ahora es que viene lo interesante.

8

8         




            Se dio el cambio de turno. Yo estaba sentado en una de las sillas, ya en la parte interna, por lo menos, donde los médicos hacían los registros y sus anotaciones. Gente entraba y salía. Aquello era un mercado. Yo, mientras tanto, lograba dormir un poquito, por lo menos, lo que permitían las circunstancias. Mi cuñada me arropaba la cabeza y buscaba que yo no tuviera frío. Yo me movía buscándole acomodo al cuerpo y buscando la parte más blanda de la silla de metal color plateado y de huequito, pero no tenía ningún lado suavecito, todos eran iguales. Me recostaba hacia la pared para apoyar la cabeza y poder dormir. Dormía un ratico si, y el otro, a veces. Los portazos de la puerta cuando se abría y cerraba hacía que uno pegara un brinco y el poquito sueño que se podía haber conciliado se esfumaba, y otra vez a volver a luchar entre si y el entre mientras se pueda o pudiera dormir, o, más bien dejaran. Tampoco era que estaba en un hotel cinco estrellas. Estaba en una emergencia de hospital y era lógico que fuera como era y es.
            En cuestión de un tiempecito se volvió una algarabía de gente vestida de blanco, algunos con estetoscopio colgando del cuello, otros solo con bata blanca. Tal vez, como quince. Algunos eran estudiantes o pasantes. Ni para saber cuál era quien y cuál qué. Es como los militares. Para mí todo son iguales. Si llevan una o dos o cuatro estrellas, no sé, y tampoco sé dónde las llevan y para qué les sirve. Para mí, ni para saber quién es más arriba y quien menos. Y eso que había sido capellán militar, pero no me fijé en saber las diferencias. Todos eran igualitos para mí. Igual, con ese poco de batas blancas. Lo que lograba diferenciar era que algunos llevaban un estetoscopio y otros no. Lo que sí me llamaba la atención era lo jóvenes que eran todos. Y me alegraba que todos ellos fuesen médicos, aunque algunos pichones de médicos, qué iba a saber yo, para mí todos eran médicos. Me alegraba ver tantos médicos jóvenes.
            Los médicos que estaban entregando la guardia estaban dando todos los informes como de memoria de cada uno de los pacientes. Aquel de allá tiene apendicitis, oí decir, y supuse que estaban hablando de mí. Pero no me quité la cobija de la cabeza ni de la cara esperando que vinieran por mí. No pasaron diez minutos cuando un grupo como de quince embatados de color blanco estaban donde yo estaba. Venían por mí. Me llenaron de preguntas y preguntas. Yo contestaba. Dónde, cómo y de qué forma le duele. Dije lo que pude y señalé aquí, más allacito y otro poquito más acá. Siéntese, me dijeron. Pero, ya lo estaba pero bien arropado porque hacía mucho frío. Vamos a revisarlo, pero no había camilla. Les dije que si querían podía ser en esa misma silla. Aceptaron y mis cuñadas tuvieron que levantarse y yo me estiré sin dejar de encoger los pies instintivamente con el contacto del metal frío de las sillas. Me pelaron la camisa y empezaron a tantear, o mejor dicho a meter la mano como si fuera pila de agua bendita, pero qué podía hacer, tenía que estar agradecido, más bien, que metieran la mano, hasta un cierto límite por supuesto. No dejaron de desabrochar el pantalón y me puse mosca para que no se viera el paraíso por la parte de la vega, como dice Aquiles Nazoa[1], en el poema donde habla de la caída de Adán y Eva. Porque con todo y lo enfermo que uno pueda estar, siempre el pudor juega su papel, y menos mal, porque tampoco es pa’tanto… Porque también era verdad que el problema lo estaba generando una tripa, pero, tampoco era para que confundieran tripa de tripa. ¡Eso, sí que no!…O, quien quita que la otra estaría bien escondida, asustada también… Pero, cada cual reacciona como mejor le conviene… Y cada una reaccionaría como le convendría.
            El médico que había determinado que era apendicitis daba sus razones para sostener su análisis. Pero, el doctor que estaba recibiendo no compartía la misma opinión y decía que había algo más, no solamente lo de la apéndice. La otra doctora metió la mano pa’rriba y pa’bajo, no tan abajo menos mal, y repetía la segunda opinión. Yo estaría sonrojado con toda seguridad y buscaba tapar con las manos mientras los médicos no metían las suyas. Ahí se estuvieron un buen rato entre hablando y opinando. El médico que recibía opinó que había que mandar hacer más exámenes de sangre, además de un eco y de una tomografía, porque según lo que detectaba había “un plastrón”, pero lo curioso era que según el tacto no propiamente en la parte del apéndice, sino más arriba. Volvían a tocar y tantear y continuaban las diferencias de opiniones. El primer médico, que había dicho que era apéndice y que estaba haciendo la entrega de la guardia, se mantenía en la opinión de que no había ningún plastrón y sí una apendicitis y que había que operar. Yo me inclinaba a opinar como él, claro que no decía nada, y mejor que no hubiese dicho nada, porque qué cara… cas iba a saber yo de eso, aunque ya me había graduado en soportar el dolor. Claro que me inclinaba a darle la razón al doctor, y yo no estaba para dar opiniones, ni tampoco era una encuesta lo que se estaba haciendo, sino algo muy serio, y que sí qué, era porque yo quería salir de una vez de ese mal. Ahora con ese bicho nuevo que tenía, ese “plastrón” allá dentro, se complicaba la cosa. Lo bueno era que casi ya no dolía porque me estaban tratando con antibióticos y analgésicos y la cosa era distinta.
            Decisión final: hay que ir a la clínica a hacer el eco y la tomografía para determinar con precisión. Antes sacaron sangre para un estudio completo de hemoglobina. Y, entonces, con la orden del médico, nos dirigimos en el carro rojo a la clínica, a la que yo me había negado desde un principio que me llevaran porque había escuchado tantas historias. Mi hermano y una cuñada su fueron para la casa a tratar de dormir algo. Serían ya como las nueve de la mañana. Era domingo. Antes, como a las seis y media yo les había mandado mensaje de texto por el celular (¡qué maravilla de invento, realmente!), a algunos de la parroquia, tanto a la señora que limpiaba y veía de la parroquia cuando yo no estoy, y a dos ministros extraordinarios diciéndoles que yo estaba en el hospital y a punto de operación quirúrgica y que resolvieran ellos allá. Que en vez de misa, porque el padre estaba en donde y como estaba y no podía ir, aunque quisiera, que celebraran la liturgia de la Palabra y todo lo demás de la liturgia correspondiente. Ellos eran expertos en esos menesteres litúrgicos y además estaban más que preparados.
            Llegamos los tres a la susodicha clínica. Nos sentamos y esperamos nuestro turno. Había dos personas antes que nosotros. Yo cargaba el envase de plástico y sus mangueras que estaban conectadas a la vía que estaba tomada en mi mano derecha. Los tres hablábamos del tal plastrón y nos asustaba ese bicho, y de lo que pudimos entender cuando los médicos en el hospital intentaron explicarnos, era como una especie de membrana que sale a cubrir una infección y la recubre para que no se riegue en el resto del cuerpo. Habíamos quedado igualitos. Sólo sabíamos que era un bicho raro que estaba haciendo una función específica para que no se contaminara el estómago y todas esas partes de adentro. Apenas llegamos a la clínica y dijimos que íbamos para hacerme una tomografía, me dieron un líquido para que me lo tomara todo, de manera que en el examen se pudiese evidenciar mejor lo que ellos iban a observar. A cada dos o tres minutos yo me tomaba un vasito de ese líquido que me sabía a gloria porque tenía mucha sed, y hasta me parecía dulcito y sabroso.
            Al cabo de casi hora y media y después de que ya habían pasado y salido los dos que me precedían me tocó el turno a mí. Allá adentro me quitaron la camisa, o no me la quitaron, ya ni me acuerdo. Lo que sí es que me volvieron a dar otro vasito del mismo líquido y me metieron en una especie de túnel abierto, mirando hacia arriba y con las manos por encima de la cabeza. Sonó una cosa, así como eléctrica, como del sonido de un gato hidráulico, y la cama del como túnel sobre la que estaba acostado comenzó a moverse hacia atrás buscando que yo quedara debajo de cómo un tubo grande. Allí me dejaron un ratico. Una cosa sonó y se movió como una luz de manera circular hacia la derecha. Me estuvieron así un buen rato y no sentía movimiento de nada. Justo encima de mi cabeza había una figurita de Mickey Mouse y su pareja y me entretuve mirando las figuritas de Walt Disney. Las miré y me sonreí, por lo menos ese detalle estaba muy bonito. Pasaba el tiempo y no se movía la máquina. Alcé varias la cabeza como para cerciorarme que no estaba solo, y estaba solo, por lo menos en esa sala. Seguí esperando. Nada sucedía. Ni ruido, ni sonido, ni nada. Seguí esperando. Ya me estaba inquietando y ya me estaba dando mucho frío, y, ahora si recuerdo que me habían quitado la camisa, por eso tenía más frío de lo normal. Intenté sentarme y logré ver hacia el cubícul,o y ví que el joven que estaba manipulando la máquina, supongo que el técnico, estaba hablando por celular muy a sus anchas y por lo que pude mirar, tal vez me traicione la situación en que me hallaba, estaba simultáneamente hojeando una revista. El joven se percató de mis movimientos y dejó de hablar, y entonces, empezó a operar la máquina que esta vez comenzó a moverse en la parte de adentro. Giró a la izquierda, giró a la derecha. Sonó. Una lucecita giraba en ambos sentidos. Y en menos de dos minutos empezó a sacar la cama hacia fuera del como túnel abierto en el que me hallaba. – Listo -- dijo. Me ayudó a sentar y a colocar la camisa, con el enredo del suero y las mangueras que conectaban a mi mano. Me senté. Me ayudó y salí. -- Espere afuera -- dijo. Y salí, como un poquito disgustado y como encarándolo. Afuera estaban mi otro hermano y mi otra cuñada. Se echaron a reír cuando me vieron. También yo. Y me senté en medio de ellos a hablar de todo y de nada mientras esperábamos los resultados.
            Esperamos unos veinte minutos más. Salió una doctora dando explicaciones y confirmando la existencia del plastrón y recomendando que no era prudente intervenir quirúrgicamente en esas condiciones, que lo mejor era un tratamiento con antibióticos, por lo menos, por siete días, y que sólo después sí se podía pensar en operación. Le insistimos en que faltaba el eco. Ella dijo que no era necesario ya que en la tomografía se evidenciaba todo y que según su opinión, el eco estaba de más. Ya se había pagado. Nos dimos las manos, nos despedimos y salimos de la clínica rumbo al hospital.



[1]              Véase el poema de Aquiles Nazca, titulado “Un sainete o astrakan donde en subidos colores se les muestra a los lectores la torta que puso Adán”… Dice la parte referida:

                Sale Adán junto a la fuente
jugando con un rana,
diversión intrascendente
muy propia de un inocente
que no ha comido manzana.
               
Y es aquí cuando Eva
llega con un traje tan conciso,
que se le ve El Paraíso
por la parte de La Vega

9

9         


            Una vez en el carro rojo de mi hermano, de mi cuñada y de mi sobrina, al mismo tiempo comenzamos a hablar del “plastrón”. Y el carro, es de mi hermano porque él lo pagó y que era mío y yo se lo vendí, prácticamente regalado digo yo… recordemos que siempre el que vende, dice que vendió baratísimo; y el que compra, siempre dice que compró muy caro… de mi cuñada, porque él lo compró para que ella se desenvolviera para ir y venir al trabajo y para sus cosas de ama de casa; y de mi sobrina, porque era ella quien últimamente lo manejaba para ir y venir a/y de la universidad; y, que al mismo tiempo, que también era mío, porque todavía los papeles estaban a mi nombre, pero, que a conciencia no me pertenecía. Cuestión de conciencia. En todo caso, ya íbamos en ese carro de múltiples dueños, e íbamos hablando del plastrón. Cada uno hablaba lo que sabía y entendía, y por lo visto, era muy poco lo que habíamos entendido y sabíamos. Yo hablaba que el médico había dicho que era una membrana que sale a cubrir cualquier infección para que no se extienda por el resto del cuerpo y evitar males mayores como una peritonitis, sobre todo en el caso de una apendicitis, pero que también puede suceder con cualquier otra parte en la zona interna de los intestinos. Así lo había entendido yo, otra cosa que así hubiera sido lo que el médico había intentado explicarnos para que tuviéramos una idea. Porque ellos hablan con sus términos y uno se queda con los ojos blanqueados echándoselas de que entendió todo, y a decir verdad, si acaso se le graba a uno el nombre de lo que uno tiene, que en este caso era un bicho raro que se llamaba “plastrón”. El médico del hospital ya nos había adelantado que se trataba de esa posibilidad y nos había explicado, otra cosa era que hubiéramos entendido. Lo de la tomografía era para verificar la sospecha y en caso de ser afirmativa comenzar a aplicar antibióticos por siete días consecutivos con reposo absoluto.
            Llegamos de regreso al hospital. Mi cuñada y yo nos bajamos mientras mi hermano buscaba dónde dejar estacionado el carro que tenía muchos dueños, mientras no se le antojara a algún ladrón anotarse en la lista, por supuesto, por eso había que dejarlo bien estacionado, por si las moscas.
            Una nota que me ha faltado reseñar hasta ese momento es que nadie sabía que yo era sacerdote. Nadie me lo había preguntado y no tenía por qué decirlo yo. Me habían tratado como un hijo de vecina, sin más, ni menos, y el trato había sido realmente muy especial, en las circunstancias de tanta gente que salía y entraba y de enfermos de todas las condiciones y circunstancias, unos menos enfermos, otros, un poquito más, y otros, en las fronteras del más allá. Yo, ni para saber en cuál había estado o podría estar. Yo, con todo y todo, me sentía con mucha vitalidad, a no ser por el plastrón que me hacía suponer que en un santiamén me llevaría derechito a conversar con San Pedro. Y eso no me preocupaba porque en uno de mis libros (cfr. el piar de un gorrión) hasta le había escrito una cartica y lo llamaba de “Pedrito”; o, sea, que por lo menos tenía alguna familiaridad, por lo menos de mi parte. Quien sabe si de él hacia mí, e iría a tener en cuenta ese detallito de la carta. O, tal vez, me tocaría más severa la cosa por el abuso de confianza de mi parte. Pero sentía que todavía estaba muy lejos de esas fronteras porque me sentía con fuerzas. Pero se han visto casos… Se han visto…
            Entramos al hospital. Una vez adentro salieron unos jóvenes vestidos de blanco y que eran estudiantes de medicina y se dirigieron directamente hacia mí. Me pidieron la tomografía y se fueron derechito a la parte interna. Yo iba detrás de ellos, como Pedro por su casa, ya me sentía en ambiente, con mi colgadero del suero y manguera conectados a la mano derecha. Los estudiantes abrieron el sobre de color anaranjado y levantaron una lámina, porque eran dos, contra luz para ver, pero ninguno supo decir nada. -- Pero esto no es el eco -- dijeron casi en coro. -- No hace falta -- repuse yo -- eso fue lo que dijo la doctora de la clínica porque en esa tomografía se evidencia todo. El eco está de más -- dije yo que había dicho la doctora. Entonces los jóvenes, que serían unos cinco, de entre ellos, dos muchachas, colocaron las láminas en un aparato que estaba colocado en una de las paredes y encendieron una luz. Ahí se podía ver todo. Yo veía como una especie de plato de ensaladas repetida en cada cuadro. No veía ninguna diferencia y no entendía dónde estaba ni siquiera una tripa o el apéndice, mucho menos el “plastrón”. Para alivio, en cuanto a conocimiento, ninguno de los muchachos estudiantes tampoco sabía. Uno de ellos tuvo la valentía de alumno que busca saber y aprender y preguntó qué dónde estaba el plastrón. Ellos comenzaron a hablar. Uno que aquí y señalaba. Otro, que no, que eso era, y decía sus términos médicos. Otro, que más abajo, que estaba clarito. Yo, mientras tanto miraba de pie las láminas y lo único que lograba ver en blanco y negro era un plato de ensaladas. No veía más. Ahí sí que es válido aplicar el refrán de que “el que no sabe es como el que no ve”, y yo, ni sabía ni veía nada. Tampoco ahora, después que al menos sé un poquito más de casi nada, o nada, que eso ya es mucho pedirme. Ya saber que no se sabe es un buen comienzo en el saber, y es el punto de partida para querer buscar y conocer sobre lo que no se sabe. Así yo: no sabía. Tal vez, como Sócrates, aunque muchísimo menos, porque ese sí que sabía…
            Yo seguía de pie mirando lo que los estudiantes miraban. Algunos se giraban para mirarme y yo les sonreía como comprobándoles que yo estaba haciendo el ridículo de pie y sin saber qué hacer. Creo que se me parecía un poco a la sonrisa que da Peter Sellers en la película la Fiesta inolvidable, después de cada torpeza, para destornillarse de la risa. Tal cual me sentía. Y no tenía para dónde ir. Tenía que estar así y ahí hasta que dispusieran otra cosa. Volvía a repetir la sonrisa, y con el colgadero del suero en la mano.
            Al cabo de algunos minutos llegó el doctor que había mandado hacer la tomografía. La miró en el aparato de la luz blanca y les indicó a los estudiantes cuál era el plastrón. Por lo visto, ninguno había dado pie con bola en todo lo que habían dicho. Yo no entendí nada. Tampoco estaba para entender sino para que me atendieran. No podía dar más. Entonces, el médico dispuso que me colocaran antibióticos y que prepararan una de las dos camillas que estaban disponibles en esa sala. Yo alegué que mejor me quedaba sentado en la silla donde había estado sentado antes. La razón era que las dos camillas estaban hasta el tope llenas de sangre. No se preocupe dijo una de las muchachas estudiantes y empezó a limpiar una camilla. Y se dedicó a eso. Yo hubiera preferido la silla, pero el que manda, manda y yo no estaba para sugerir, sino para agradecer.
            En menos de diez minutos ya la muchacha había limpiado la camilla y había colocado unas como sábanas quirúrgicas de color azul. En eso entró mi cuñada, y sacó del maletín negro que cargaba unas sábanas y cubrió la camilla, colocó un par de cobijas, entonces, me subí a la camilla. Ya estaba instalado y hospitalizado de manera oficial. Ya habían llenado todos los registros con un poco de preguntas, que si fuma, que no, que si bebe, que no, que si baila pegado, eso no me lo preguntaron; que si tiene cáncer, todavía no, tal vez otro día, pero hoy no; que si es alérgico a cualquier medicina, que no; que si sufría de la tensión, que no; que si tenía novia, tampoco me lo preguntaron; que si alguien de la familia había sufrido de cáncer, que no; que a qué hora me iba a morir, no lo sé…. Y un bojote de preguntas, que si por aquí y que por si allá, todas necesarias para completar la historia médica, como ha de ser lógico. Y todo para estar cómodos todos e informados todos, a la hora de cualquier emergencia, supongo.
            Vino una enfermera. Había hecho ya varios intentos por tomarme la vía por la que me mantendrían la solución médica y me inyectarían los antibióticos. En el primer intento falló y tuvo que sacar la aguja, pero quedó el dolor y el hoyito en la mano, medio sangrando, por supuesto. Intentó la segunda vez y volvió a fallar. Ella decía que yo tenía muy ocultas las venas. Le dije que la culpa era de la vaca. Ella no entendió. Volvió al tercer intento y lo logró, mientras tanto mi brazo derecho ya se estaba pareciendo a una regadera de ducha. Cinco jóvenes estudiantes estaban ahí y conversaban muy amigablemente, sobre todo la muchacha que se había esmerado en limpiar la camilla y que había llenado la historia médica junto con la otra que le hacía compañía, me imagino que en pareja de equipo de estudio y de trabajo. – ¡Ay! – fulana -- ¡la culpa es de la vaca! -- le dije -- pero tampoco ella entendió. Entonces, comencé a contarles el cuento de la culpa es de la vaca. Todos se interesaron y también la enfermera, que decía que por favor, no la hiciera sentir mal, que eso siempre sucede. No era mi intención que se sintiera mal, sino que tuviera más tino y puntería, porque dolía. Mientras iba contando el cuento de la culpa es de la vaca los muchachos iban tomando más confianza y se reían y le echaban broma a la enfermera, que también yo lo hacía de vez en vez. Ella tampoco se perdía el cuento. Estaba ahí escuchando. Pero, no puedo aquí repetir ese cuento completo, porque algunas editoriales de libros tienen una muy fea costumbre de colocar en la parte de los créditos de los libros, en donde aparece el ISBN y todos los demás detalles de la casa editorial y del taller de la imprenta y la fecha, que está totalmente prohibido copiar, repetir, publicar por cualquier medio escrito u oral o electrónico cualquier parte de ese libro en concreto, so pena de demanda por parte del autor. Y, lamentablemente, según recuerdo, esa observación aparecía en el libro de la editorial que yo leí cuando leí ese libro en concreto. ¿Entonces para qué publican un libro? Se pregunta uno. Una pendejada de estricto sentido de derecho de autor. Se supone que se escribe y se publica es para que se lea y se extienda lo que se lea. Pero, bueno hay que respetar esas leguleyalidades con sus pretendidas defensas.
            El caso concreto del cuento, para volver al contenido, es que la moraleja es que quien tiene la culpa de que los cueros de las vacas con los que hacían zapatos, correas y bolsos, estén rotos y maltratados, es de las vacas que se rascaban con las cercas del criadero. Por eso la culpa es de la vaca. En otras palabras, la culpa la tienen los demás y no quien tiene que asumir la responsabilidad de sus actos inmediatos. Porque es muy fácil echarle la culpa a los demás y no asumir responsabilidades. En el caso de la enfermera, ella no era la responsable en que no hallara la vena, sino la vena misma, como tal. Y muy en el fondo yo era el culpable y no ella quien era la responsable de su trabajo, precisamente, porque la culpa es de la vaca. Al final del cuento, con su aplicación de la moraleja, parece que la enfermera entendió algo, aunque creo que no. Los muchachos la entendieron al tiro, como se dice, porque, ante cualquier cosa o torpeza de alguno de ellos, se les oía decir, que la culpa es de la vaca, y esa expresión la tenían entre ellos después de esa bonita tertulia. En esa de encontrar y no encontrar la vena, y en el momento de llenar el formulario de ingreso oficial al hospital, como era lógico porque el formulario tenía esa pregunta, se enteraron que era sacerdote, y el trato empezó a ser deferente[1], aunque ya le era desde un comienzo.
            Inyectaron lo que tenían que inyectar. Los muchachos daban sus vuelticas a verme. A algunos les guiñaba el ojo y correspondían con otro guiño. Algunos venían a solo preguntar cómo seguía. Todo estaba estable. El dolor muy mínimo, y yo, encontrándole el gustico a la camilla. Gente entraba y salía. Algunos gritaban en la parte de afuera. Se oía que preguntaban por el paciente tal o cual, y a voz en grito daban respuestas, que está en quirofanito, que lo subieron a piso, que lo están enyesando, y así uno y otro caso, según el caso.
            Sería ya como cerca de mediodía. Hambre no tenía. Sueño un poco pero no se podía dormir con tanto trajín externo, sobre todo, por los portazos de la puerta cada vez que la abrían y la cerraban, mejor dicho, tiraban, porque por la manera del sonido, no la cerraban, sino que dejaban que se fuera con el impulso con que la abrían. Y a cada portazo un brinco en la camilla en donde como que quería quedarme dormido, pero, que era misión imposible con lo portazos.
            Entraron mis cuñadas y mis hermanos a saludarme. Yo estaba instalado. Ya sabíamos, porque el médico les había explicado, que me tendrían hospitalizado por siete días y en cuidados muy vigilados hasta que el plastrón cumpliera su trabajo, y sólo después, tal vez unas seis u ocho semanas más tarde, se podría ir pensando en la operación para sacar lo que quedara del plastrón. Que la situación era muy delicada porque se corría el riesgo de que explotara no sé qué cosa allá adentro y entonces sí que la cosa era grave, muy grave. Mis hermanos habían hablado con el médico para que me dejaran llevar para la casa y que ellos se comprometían a cumplir al pie de la letra con el tratamiento. Había una gran ventaja y era que mi otra cuñada, era enfermera y ella se comprometía a cumplir todos los cuidados debidos y por haber. El médico dio sus razones y se negó rotundamente. Explicó que la situación era muy delicada y que si explotaba y estaba en el hospital era más fácil intervenir y auxiliar inmediatamente. Mientras que si me llevaban para la casa y explotaba, a lo mejor, no daría chance ni de llegar, y entonces, sí que era complicado. Nada sirvieron los alegatos de mis hermanos. Más bien salieron regañados y con toda la razón porque la cosa era muy re-quete-delicada.
            Comenzó a llegar la visita. Algunos de la parroquia se acercaron a saludarme. Me daban la mano y yo se las estrechaba. A algunos se les aguaba los ojos. La primera familia que llegó fue una a la que en la tarde del día anterior había ido a bendecirles su apartamento. Eran tres muchachas y la mamá. Echaron broma y hablaron conmigo. Nos reíamos y la pasamos bien. Se estuvieron como una media hora. Nos volvimos a dar las manos y nos despedimos. Al poquito tiempo llegó una señora, que según mis hermanos tenía rato afuera y no se atrevía a decir nada ni a pasar, hasta que se armó de valor y pasó. Igual, me dio la mano, se la estreché. Conversamos un buen rato, de los síntomas y de los dolores de antes de, y de por qué no había asistido a un médico. Ya pa’qué. Lo que fue, fue dijo la boba. No había que quedarse en lo que pudo haber sido y no fue. Lo que fue, fue. Y lo que era, era, y era que estaba con un plastrón y acostado en una camilla del hospital Razetti. Ella buscó una especie de escaloncito y se sentó en él y desde allí conversábamos. De vez en cuando la muchacha que había limpiado la camilla para que me instalara en ella se asomaba y me miraba. Mejor dicho nos mirábamos, y se iba. No decía y hacía nada. Solo se asomaba y me miraba y se iba. Así como unas diez o quince veces. Ese detalle me llamó la atención. A lo mejor, venía a comprobar que el plastrón no se saliera, y si se salía para llamarle la atención a que se volviera meter… A lo mejor…
            Al poco rato entró otra persona. Después otra. La tarde transcurría. Y la gente de la parroquia se estaba dando cita en el hospital. Iban a verme. Y ese detalle me gustaba. Al poco rato, tal vez, como a las tres de la tarde llegó mi mamá, que se había ido el día anterior en la mañana con una de mis hermanas a Maturín a visitar a la hermana que vive allá. Se habían enterado y se habían venido, aunque a mamá no le habían dicho nada. Al llegar a la casa, mamá si se sorprendió al ver que mi carro estaba estacionado en su sitio, y era extraño porque era domingo y yo debería estar en la parroquia. Subió a mi habitación para ver si yo estaba y no estaba. Estaba en otra habitación que no era la de mi casa, pero, que por ahora hacia de mi casa, la del hospital. Entonces, fue cuando mi hermana le dijo lo que estaba pasando y que yo estaba en el hospital, y por lo visto, muy mal. No se aguantó mi madre e insistió que se fueran al hospital, como de hecho hubo que hacerlo, porque quien consuela a una madre en situaciones semejantes. No hay razones que valgan. Madre es madre y punto. Allá llegó derechito a donde yo estaba. Se me echó encima del pecho y me abrazó. Yo le pedí inmediatamente la bendición. Me la dio. Y se estuvo conversando conmigo. No lloró. Tampoco yo. Con mucha gallardía y aplomo. Nadie se atrevió a interrumpir aquel encuentro entre madre e hijo. No dejó de llamarme la atención de por qué no había dicho nada del dolor en los días anteriores. No tenía elementos para refutarle. Seguimos hablando. Como a los veinte minutos, tal vez, entró mi cuñada, quizás para comprobar las posibles reacciones del encuentro. Todo estaba normal y muy civilizado. También entró mi hermana. Nos dimos la mano. A ella si le mojaron los ojos, tal vez, por el frío del aire acondicionado de esa parte de la emergencia del hospital. Tal vez. Y, así seguimos hablando de todo un poco y sobre todo del “plastrón” que nos tenía a todos intrigados, aunque, a mí atrapado.
            Entró también mi otro hermano. Igual, nos dimos la mano y hablamos.
            Como a las cuatro de la tarde vino a visitarme el padre-capellán del hospital. No vino como capellán, vino como el amigo. Fue un momento muy agradable. Es un hombre muy simpático. Dios lo bendiga. Hablamos de mí, de él, de su salud, del trabajo, de todo. Era muy amigo de mi cuñada que trabajaba de enfermera en el área de nefrología. De hecho, el padre-capellán va todas las mañanas a visitarla y a tomarse su segundo cafecito, sobre todo si se lo prepara mi cuñada. Son muy buenos amigos; mi cuñada habla de él con mucho cariño y respeto y se ve que lo estima mucho. Es que se hace querer con su simpatía tan natural y espontánea.
            Se presentaron más personas y ya había un grupito grande alrededor de la camilla, entre ellos el padre-capellán. Ya se sabía, a todas estas, que me iban a dejar hospitalizado. Se hizo todo lo posible para que me subieran a piso, y que no me dejaran en emergencia. Pero había varios inconvenientes como el que no había cama disponible en piso, además que en piso no había aire acondicionado, como si en emergencia. Pero eso era lo de menos. El padre-capellán había movido sus influencias para que me trasladaran a una habitación de doble cama, es decir, para dos pacientes, pero tampoco había alguna disponible. Habían movido por aquí y por allá y todos los intentos habían sido fallidos. No había otra que pasar la noche en emergencia, como de hecho fue.
            Fue pasando el tiempo y con ello la noche se acercaba. Cada cual tenía que volver a sus mundos. Yo estaba en el mío e instalado. Se fueron despidiendo. Se quedó una hermana a pasar la noche acompañándome. Ella buscaba donde acomodarse, a veces salía y otras se quedaba cerca buscando como pasar la noche en esas circunstancias. En una de las camillas estaba un niño con un brazo embojotado con una venda, más no enyesado y con un moretón en el ojo izquierdo. Se había caído de una mata de mango. Su madre estaba junto a él y lo cobijaba con las sábanas que había traído. En el otro lado, en el derecho estaba un señor avanzado de edad, con problemas de próstata y lo tenían sondado. Su hijo, un joven de unos treinta y tres años de color bastante oscuro estaba pendiente. Lo arropaba, le pasaba las manos por la cabeza y conversaba con él. Estaba muy pendiente de la bolsa de la sonda para que no se llenara y a cada rato venía a vaciarla. El viejito se quejaba constantemente. Yo, en medio de ellos dos. Mientras tanto la madre del niño del brazo embojotado y el hijo del viejito de la sonda, se hicieron bastante amigos. Se instalaron a conversar. Risotadas iban y venían. La mamá del niño empezó a preocuparse del viejito y ella misma se levantaba que si a arroparlo, que si a acomodarle las cobijas o la almohada. Y volvía a instalarse a conversar. Muy entrada en la noche, tal vez, muy de madrugada, el niño estaba solo y también el viejito. Mi hermana se levantó a auxiliar al niño que estaba temblando de frío y llamando a su mamá que no aparecía y no apareció por ningún lado. Tampoco estaba el hijo del viejito. Vayan a saber pa’dónde se habían ido a seguir conversando. Aparecieron como a las seis de la mañana, ya estaba aclarando. El niño le preguntó que qué se había hecho y que dónde estaba. Esa parte de respuesta no la oí, tampoco me interesaba, pero sí que me hubiese gustado haberla oído para contarla aquí, a los que están leyendo para ver qué había pasado con ellos. Pero…
            En eso llegó la enfermera. Traía el tratamiento. Cambió agujas y botellitas, y todo nuevo. Yo, apenas había podido dormir. Los portazos no me dejaban. Pegaba saltos a cada portazo y el poquito sueño se me iba. Ya por lo menos era otro día y eso ya era mucho cuento. Esa noche había sido muy agitada en el servicio de emergencia: un autobús lleno de niños había chocado por la vía de Onoto, y  a 19 de los niños los habían traído al Razetti; una pareja se había caído de una moto y estaba entre la vida y la muerte. Y por todo, la algarabía y el movimiento que había habido durante la noche era fácil darse cuenta que no había sido una noche fácil para los médicos de turno en la emergencia del Razetti, por lo menos para ese fin de semana. Es de admirar y respetar el gran trabajo que hacen estos médicos en las emergencias de los hospitales, como en el Razetti de Barcelona.



[1]              Respetuoso, cortés.

10

10         


            Ya era lunes. Había pasado la noche del domingo en el Razetti y en cuanto a la asistencia no podía quejarme. Todo lo contrario. Estaba muy agradecido. Sobre todo, después de haber comprendido que si hubiera ido directamente a una clínica, y muy especial a la que tanto miedo le tenía, ese lunes no hubiese contando en mi calendario de vida. Había escuchado tantas historias, y por lo que se ventilaba la mía no era muy prometedora. Lo mínimo que hubiesen hecho en las circunstancias en que yo anduve toda la madrugada del sábado era haber abierto para operar, de una vez por todas. Y, según los médicos del Razetti, las dudas que se les presentaron fueron la bendición de Dios, porque entre la duda y la sospecha, tuvieron la brillante idea de esperar y comprobar la existencia del “plastrón”. Eso los frenó y los detuvo, a pesar de que el médico que me trató de entrada en el Razetti era de la opinión de haber operado de una vez. “Dios ayuda al bobo y al inocente” dice nuestro refranero popular. Y en este caso ayudó al bobo, porque otra historia hubiera sido y no hubiese podido escribir este libro, y ver lo tanto que a mí me gusta escribir. La prueba está en que apenas a pocos días de operado y apenas pude, me senté a escribir todo lo que estoy escribiendo, a pesar de tener todavía la barriga abierta y sin dejar de contar los dolores que me dan todavía, que me obligan a dejar la computadora y buscar acostarme y echarme unas diez o quince revolcadas más a las muchas que ya llevo de antes de la operación. Pero las revolcadas de ahora son muy distintas a las de hace una o dos semanas atrás. Mucho cuento y qué diferentes, pero, son revolcadas, igualmente de dolor.
            Cuando les preguntábamos a los doctores del hospital, a los que se dejaban hablar, porque algunos ya estaban medios hedionditos, es decir, no se les podía ni tratar, de qué hubiese pasado si hubiesen abierto para operar en las circunstancias en que yo estaba, decían que se irían a encontrar con muchas sorpresas; primero, empezando por el plastrón, y, después que con toda seguridad la infección se extendería por toda esa parte y sería prácticamente una peritonitis y la cosa sí que entonces hubiese sido realmente complicada. Hubiera sido una gran sorpresa y una muy segura complicación. Que en el caso presente que como se sabía de la existencia del plastrón lo mejor era atacar con antibióticos, por los menos por siete días con mucho cuido y reposo absoluto para evitar cualquier otra complicación como el que fuera a estallar allá dentro. Menos mal de la que me salvé. Sin duda, que “Dios ayuda al bobo…”. Ya que todas las vueltas que dimos hasta antes de llegar al hospital fueron como conducidos por la Providencia o por carambola, depende de cómo se vea. Porque, incluso el hecho de haber llegado al Razetti justo casi con el cambio de turno de médicos, fue una feliz coincidencia, ya que si llegamos más temprano, tal vez, a la tres o cuatro de la mañana, me pasan directamente para quirófano y se hubieran llevado tremenda sorpresa y a mí hubiesen mandado a dar razón de la carta que le había escrito a San Pedro en el libro El piar de un gorrión. Tal vez me hubiera regañado porque lo llamaba Pedrito y lo trataba con confianza, o, tal vez, esa hubiese sido la influencia y la referencia para pasar, tal vez, derechito. Pero eso vamos a dejarlo para otro día. Total, yo no tengo apuros para dar razones a Pedrito, por ahora. Tan solo que él disponga otra cosa. En todo caso vamos a colocar la tan referida cartica a Pedrito del libro que tengo dicho y que es de mi autoría. Aquí va la cartica:

Carta a Pedro Apóstol

                Hola, Pedrito:
                Quiero justificar de inmediato por qué te llamo Pedrito. Porque me eres simpático y porque eres como yo, en muchas de las cosas. A lo mejor sea una declaración de amistad muy directa. Pero es así. Tal vez, ni te consideres mi amigo. Pero yo me atrevo a considerar que sí.
                Pedrito, así te llamo. Y cuando pienso en ti, me digo siempre, así en demasiada confianza: este Pedrito, si que es especial.
                Te imagino al lado de Jesús de Nazareth. Siguiéndolo por todos lados, con la esperanza de un reino, al estilo David. Las cosas parecían que se te iban a poner buenas. Te alistas al nuevo líder. Este da el golpe y te acomodas. Pero Jesús hablaba de un reino que no se trataba de aquí, de la tierra. Y tu, y contigo todos los demás, se hacían ilusiones de un buen puesto. Pero no entendían. Y, entonces, tú y tus salidas típicas de una persona que tiene claro lo que quiere, y que no entiende otra cosa, de lo que se ve en la inmediatez. Jesús hablaba de un reino. Esa era la esperanza de todo Israel. Tú eres israelita. Luego, tenías las mismas esperanzas de ese reino. Ahí que tú te oponías a Jesús cuando él hablaba que tenía que ir a Jerusalén, sufrir, ser entregado y morir. ¿Cómo es posible? Y Jesús te regaña y te pone en tu lugar al decirte que te apartes porque no entiendes. Quedaste mal parado. Y eso que momentos antes, según nos dice el Evangelio de Marcos, tú dijiste que él era el Mesías, el que tenía que venir, el esperado. Se trataba, sin duda, de una salida inspirada por Dios en tu impulsividad. Dijiste lo que dijiste y no supiste lo que decías. Porque inmediatamente pones la torta. ¡Ay, Pedrito, Pedrito!
                Cada vez que Jesús hablaba que tenía que morir, tú intervienes. Te entiendo y te doy la razón. Y, ¿dónde queda, entonces, el reino? Y siempre sacas la peor parte. Allá, en el Huerto de los Olivos, por ejemplo. Vienen a llevarse preso a Jesús y tu sacas de una vez la espada para defenderlo y defenderse. Porque eso significaba que si se llevaban al jefe también irían sus acompañantes. Había que sacar la espada. Había que hacer una amenaza. Y tú lo hiciste. Y volviste a quedar mal parado. Otro regaño de Jesús. No era justo. ¿Qué le pasará a éste? ¿Qué se habrá creído? Tanto coraje tuyo, ¿para qué? Lo peor del caso, es que Marcos no dice que fuiste tu, sino que uno de los que allí estaban. Pero, el chismoso fue Juan. Tenía que rayarte al decir que habías sido tú. Te nombra. ¡Qué falta de compañerismo, no te parece! ¡Así andaban las cosas entre ustedes, qué se podía esperar!
                ¡Y no que ibas a ser fiel hasta el final si cuando te preguntan si eres del mismo grupo de ese que van sentenciar, lo niegas! ¡Un adulador eres lo que eres, Pedrito! Claro. Antes, todo. ¡Te estabas asegurando un puestecito para cuando se diera el golpe! Pero, cuando las cosas se complican, nada de nada. Ni lo conozco. ¡Ahora, sí!
                ¡Cómo son las cosas, amigo Pedro! Resulta que la cosa iba más allá. Tú tenías razón en tus salidas. Pero también las tenía Jesús. Iban por caminos diversos. Y allí es donde está todo el meollo. Jesús sabía lo que hacía. Te tenía, ciertamente, para un puesto y bueno. Tú aspirabas otro. Pero te dieron uno mejor, todavía. No te puedes quejar. Te saliste con la tuya. No resultaron en vano tus salidas e impulsividades, Pedrito.
                Ahora bien. Yo me veo en ti, Pedrito. Soy demasiado inmediatista. Veo las cosas que veo. Y no más allá. No tengo esa capacidad de mirar un poquito más allá de las circunstancias actuales. Soy impulsivo. A veces, me controlo, cuando veo clarito que me conviene quedarme tranquilo. Pero cuando no veo ninguna conveniencia exploto y digo lo que digo. Después me arrepiento. Casi siempre pongo la torta. Y me duele que sea así. Y, entonces, me hace sufrir. Y me lamento de mi impulsividad y de mi inmediatez. Y me digo pero por qué. Y enseguida me consuelo contigo, porque me digo, si Dios se fijó en mí, fue precisamente, a pesar de todo eso. Ahí está Pedrito. Tranquilo. Mírate en él. Y me alegro. Aun cuando no entienda muchas cosas y ponga la torta.
                Oye, Pedrito, gracias por estar con tus torpezas. Y creo que con todo lo que te rayaron los que cuentan los evangelios, es bueno para mí. Así que gracias a esos chismosos que te querían hacer quedar mal, yo quedo bien. Sin duda, existe en esa intención de los escritores una inspiración de Dios y una teología. Gracias en todo caso.
               
Hasta luego, Pedrito:
Daniel.

            En el caso de que hubiesen abierto se hubieran encontrado con una sorpresa, según pudimos entender. Y, aún, el haber llegado casi al cambio de turno fue mi salvación física y existencial. Otra cosa sería la salvación en las postrimerías, es decir, en el más allá. Pero eso se lo dejo a Dios y repito como cuenta Anthony de Mello en su libro El canto de la rana, en donde cuenta, muy a su estilo, que un famoso pintor italiano había dispuesto para cuando estuviera a punto de morir, que no llamaran al confesor. Dice:

Es costumbre entre los católicos confesar los pecados a un sacerdote y recibir de éste la absolución como un signo del perdón de Dios. Pero existe el peligro, demasiado frecuente, de que los penitentes hagan uso de ello como si fuese una especie de garantía
o certificado que les vaya a librar del justo castigo divino, con lo cual confían más en la absolución del sacerdote que en la misericordia de Dios.
He aquí lo que pensó hacer Perugini, un pintor italiano de la Edad Media, cuando estuviera a punto de morir: no recurrir a la confesión si veía que, movido por el miedo, trataba de salvar su piel, porque eso sería un sacrilegio y un insulto a Dios. Su mujer, que no sabía nada de la decisión del artista, le preguntó en cierta ocasión si no le daba miedo morir sin confesión. Y Perugini le contestó: “Míralo de este modo, querida: mi profesión es la de pintor, y creo haber destacado como tal. La profesión de Dios consiste en perdonar; y si él es tan bueno en su profesión como lo he sido yo en la mía, no veo razón alguna para tener miedo”.

            El caso es, que físicamente hubiese sido mi final, si hubiesen abierto en esas circunstancias. Y me salvé por pura aparente imprudencia. Porque lo más lógico, en ese caso, es que hubiera ido directamente a una clínica y más específicamente a la donde matan la gente por cosas más sencillas, como una simple apendicitis, como me ha tocado escuchar, y a la que yo le tenía tanto miedo. Por eso “Dios ayuda al bobo…
            Y lo que puede verse como una imprudencia de estar cargando con un enfermo toda la madrugada de aquí pa’llá, de no haber sido bien asistido en el Hospital La Garzas, de no haber habido habitación en la policlínica de Puerto la Cruz, y de haber llegado entre las cinco y las seis de la mañana al hospital Razetti, justo con el cambio de turno de personal médico, fue una como bendición de Dios, o como una conducción o un manejo bien organizado de qué sé yo de qué fuerzas. No me vengan a decir que es un milagro porque tampoco es para que exageren. Simplemente, que “Dios ayuda al bobo y al inocente”, como se dice. Alguien podría hablar de “Providencialismo”, pero en los casos en que suceden los decesos, ¿será que los abandonó la Providencia, y, entonces, la Providencia no estuvo? Esto es profundo…
            Transcurría la mañana. Vinieron varios doctores. Miraron y tantearon otra vez la barriga. Estaba de más porque ya estaba determinando que era un “plastrón”, y que había que aplicar antibióticos por siete días; bueno, por seis, ya que ya había pasado uno. Volvieron otros. Más tarde otros, en grupos de cuatro o cinco, cada vez. Ya a los últimos no les contestaba nada, sino que levantaba los pies para que vieran la tomografía, que estaba debajo de mis pies, y vieran lo que tenían que ver. Ya me estaba pareciendo que aquello ya era relajo, por lo menos conmigo. Me caían a preguntas y preguntas y a todos los grupos tenía que darles el mismo rosario de respuestas, y ya me estaba casi convirtiendo en Hulk. Creo, que por lo menos el color verde ya empezaba a reemplazar el color pálido que con toda seguridad tendría. Por fin no sabía quien era el médico tratante y quien el visitante o quien el asomao. Esperaba que pasaran la revista médica. --No; ya la hicieron --  me dijeron, y ni supe cuándo, ni a qué hora, ni quien la realizó, ni qué fue lo que dijo, porque pasaron como cuatro grupos de cinco cada vez.
            A media mañana volvió el padre-capellán del hospital. Estuvimos hablando cosas de curas, en las que no puede dejarse de hablar del Obispo, si no, no fuera conversación de curas, independientemente que fuese bueno o malo lo que se dijera. Hablamos de todo, de España, del Barcelona y su eliminación de la copa, de política sin dejar de hablar de Chávez, porque, entonces ya no sería política. Y, así, de todo. El padre-capellán me comentó que estuvo buscando habitación en los pisos para que me trasladaran y que había hablado con el director del hospital, y que todo había sido en vano porque no había cama ni habitación disponibles. A mí me angustiaba pensar pasar otra noche en ese sitio de emergencia, solo por el hecho de los portazos que no dejaban dormir. Además de los dolores, trasnochado, es mucho para un cristiano, como se dice. Entonces, surgió la idea de volver a hablar con el médico de turno para que me dejaran ir a la casa con el compromiso de ser puntuales en el tratamiento. El padre-capellán dijo que se podía salir con o sin el consentimiento del médico, y que se podía firmar una hoja de salida. Yo en el fondo no quería salir como desagradecido del hospital. Al contrario. Estaba muy agradecido. Ni quería que los médicos fuesen a pensar que estábamos a disgusto. Todo lo contrario, pero buscábamos un poco de más tranquilidad.
            Mientras tanto mi hermano se había comprometido junto con otra persona activa de la parroquia y amiga de la familia a buscar habitación en una clínica en Puerto la Cruz en el transcurso de la tarde. Ya sería mediodía, tal vez, un poquito más. Otra cosa era que el médico de turno accediera a dejarme salir por lo delicado de la situación, ya que había el peligro de que explotara allá adentro y todo se complicara. El padre-capellán insistía que era mejor que me quedara, que en uno o dos días, las cosas mejorarían y con seguridad, para entonces, habría ya una cama disponible en piso. Pero yo pensaba en los portazos y me inquietaba.
            Lo de una habitación en la clínica, y que no puedo decir porque no me pagan por decirlo era, según me habían informado, un hecho. Sería cuestión de salir y de trasladarse a ella y todo resuelto. Eso facilitaría las cosas con el médico de turno que estaba intransigente y con toda razón, porque se trataba de una vida. Pero nos adelantamos, ya que no se había confirmado lo de la clínica, cosa que los que estábamos dentro del hospital alrededor de mi caso, dábamos por hecho. Hubo un cruce de informaciones y se daba por hecho lo que no. La información era que mi hermano había hablado ya, y que todo estaba listo; pero, la verdad era que mi hermano iba a hablar y todavía no lo había hecho, porque estaba todo enredado con lo del trabajo y algunos detalles con algunos obreros y demás, y se le sumaba la situación del hermano que estaba en el hospital por quien tenía que abogar para el traslado. Lo habían pactado para las cinco de la tarde junto con la persona de la parroquia y amiga de la familia. Todo para las cinco de la tarde cuando se tendría la noticia definitiva. Por ahora, no; y serían como la una de la tarde.

            Estando en esas, llega un hermano y su familia a visitarme. Iban a visitarme y a estar un ratico porque salían de clases las hijas, y la esposa, de un curso que estaba haciendo de currículo y pensul de actualización que se estaban dando por eso días por disposición del Ministerio de Educación, y estaban sin almorzar. Habían pasado un ratico, para ir a la casa a comer, porque es bien válido que, “barriga llena, corazón contento”.

11

11         



            Yo ignoraba que el grupito de la familia que había llegado en ese momento sólo estaba de paso, y como para el camino de la casa quedaba el hospital habían aprovechado de pasar a darme una vuelta. Yo pensaba que iban por mí. A veces la falta de comunicación nos lleva a suponer cosas que a la larga nos pueden complicar la vida. Nada debe ser o darse por supuesto, o por sabido, si no se conversa. Y en ese caso estábamos suponiendo, y prácticamente, a punto de cometer un gran error. Yo suponía que ellos venían a llevarme y trasladarme del hospital porque el tema último había sido lo del traslado para otro sitio ya que en el hospital no había cama en ninguno de los pisos y en la emergencia era casi imposible continuar, además de estar solicitando la camilla en la que me hallaba, porque ya me lo había participado un par de veces una doctora de turno. Eso suponía yo. Y cuando ví que el grupito de mi familia había llegado justo en esos momentos de la situación, pues era lógico que pensase y supusiese lo que estaba pensando. Pero, es muy importante no suponer nada en nada, sino ir sobre seguro y para eso existe el diálogo y la comunicación. Pero estaba sobreentendido. Pero, la realidad era que estaban saliendo de sus actividades y obligaciones e iban para la casa a almorzar, para volver cada uno a sus quehaceres de la vida, y de paso, habían pasado a darme nada más que una vueltica. No más.
            Las coincidencias se juntan, a veces para mejorar o a veces para empeorar, dependiendo de cómo estén las circunstancias y los actores de ellas, ya para ser dueños de ellas o estar sometidos a ellas, como diría en palabras más profundas el filósofo José Ortega y Gasset. Lo lógico es ser dueños y señores de las circunstancias. Pero, para eso o lo otro, existe un mínimo de diferencia que es el estar consciente de cada situación, para lo que se requiere el cúmulo de todo lo que tiene que saberse del momento que se está viviendo, sin enajenación. Y ya nos pusimos filósofos. En donde el suponer es un paso en falso, y en donde ese suponer nos va a llevar a estar sometidos a las circunstancias y, por consiguiente, a cometer errores, como el que estuvimos a punto de cometer, pero que se enmendaron gracias al volver a adueñarnos de nuestras circunstancias, para alivio y alegría de todos, como ya veremos de inmediato.
            La circunstancia era que yo estaba enfermo y en el hospital Razetti. Se le añadía a esa primera circunstancia el hecho de que se quería que yo estuviera mejor. Y era válido y justo que así fuera. No estaba siendo mal atendido en el hospital. No se podía pedir más. Imposible. Más bien, muy agradecidos. Pero ante la necesidad de mejorar mi situación de enfermo se presentó la idea de cambiar de lugar, ya para piso en el mismo hospital, ya para otro lugar en donde pudiese tener un poquito más de comodidad, aunque no de atención porque en el hospital ya la tenía. Para piso en el mismo hospital era, por los momentos inmediatos, imposible porque no había sitio disponible. Entonces, se presentó la idea de que afuera podría ser mejor. Y se movieron todos los contactos para que así fuera como el de contactar para una habitación en una clínica de Puerto la Cruz, para seguir el tratamiento que ya se estaba siguiendo al pie de la letra; o, la más riesgosa de todas, que era que me dejaran ir a la casa y allá cumplir el tratamiento a cabalidad, con la confianza de que mi cuñada era enfermera y se comprometía a cumplir con sus asistencias profesionales. Se suponía que esta última posibilidad representaba mucho riesgo y era una gran responsabilidad, a la que por todas-todas, los médicos del hospital se negaban, y con razón.
            Quedaba en pie, pues, que lo que convenía era que fuera a la clínica. El padre-capellán, que estaba justo en esos momentos en el grupo, opinaba que era mejor que me quedara y que tuviera paciencia, que las cosas mejorarían desde el momento en que hubiese una cama disponible en piso. Sería cuestión de dos o tres días más. Que esperara. En esa insistencia sentí y ví que al padre-capellán se le humedecieron los ojos. En verdad él no quería que me fuera. Pero, yo ya estaba decidido a que sí. A todas estas yo ya suponía que todo estaba listo y programado en la susodicha clínica. Suponía, más no lo sabía porque no lo había conversado directamente. Le medio pregunté a mi hermano y él hizo movimientos de cabeza y gestos de cara como diciendo, supongo. No tenía por qué saberlo porque él estaba en su mundo y venía con su esposa y sus dos hijas a dar una pasadita por el hospital porque iban para la casa a almorzar y regresar, inmediatamente, en la tarde a sus faenas de todos los días. El otro hermano, menos que menos que sabía. Quien tenía que hacer esos contactos era un hermano, junto con la persona de la parroquia y muy amiga de la familia, quienes se habían comprometido a hacer todo lo referente a la clínica. Y de ellos, ni yo, ni el otro hermano ni su esposa, ni sus hijas, ni otro hermano, teníamos noticias seguras sobre si ya estaba todo cuadrado, o si faltaba todavía, o si no había posibilidad. No se sabía. Solo se suponía. Y en eso de suponer, por no tener certeza de certeza real, se cometen grandes errores.
            Ya el médico estaba al tanto de la posibilidad de que yo quería salir del hospital para buscar estar más tranquilo. No le había gustado mucho la idea, pero, la respetó. En esos momentos tan rápidos y destellantes de rapidez hizo presencia en el sitio de la emergencia una estudiante de medicina conocida de la parroquia que de vez en cuando hacía de lectora en las misas de los domingos en la parroquia. Ella había sido el contacto con el médico para cuando se tomara la decisión definitiva de salir del hospital. Saludó al padre-capellán. ¡Quién no conoce al padre-capellán en el hospital! Por lo menos entre el personal médico y de trabajo.
            Entonces, aproveché y le pedí a la estudiante de medicina que hablara con el médico para que aceptara y firmara y autorizara mi salida del hospital. Ella se sonrió y accedió y se retiró a cumplir el favor pedido.
            Yo pensaba que mi hermano había ido a eso: a llevarme. Pero semejante sorpresa se llevó cuando con hambre y cansado como estaba se le habían cambiado todos los planes. Él tampoco dijo ni alegó nada, y como el que calla otorga, pues más elementos tenía yo para pensar que yo tenía razón. Suponía que todo estaba bien. Pero una cosa es suponer que esté bien y otra a que en verdad esté bien. Suponer es siempre un error. Hay que tener en cuenta siempre eso para la vida. Muchos errores se cometen por suponer que, sin estar seguro de algo se zumba uno y la caída es caída. Y aquí estábamos nosotros en un suponer, que pudo haber sido fatal. Suponer es cambiar el sentido de la historia, y jamás se puede cambiar nuestro sentido de la historia, porque en eso consiste el pecado, y, por consiguiente, el infierno aquí en la vida terrena y existencial (ya de eso he tratado en mi libro Preguntas y respuestas de toda persona inquieta sobre la oración) y justo me estaba casi contradiciendo con lo que había descubierto y escrito en ese libro que es muy bueno. Cambiar nuestra historia es el inicio de la expulsión del Jardín del Edén y es empezar a vivir nuestro infierno. Nos libre Dios.
            No pasaron quince minutos cuando apareció el doctor que me iba a autorizar la salida. Tal vez el hecho de que el padre-capellán estuviese ahí pudo haber suavizado el trato del doctor para conmigo. El doctor insistió en que desde el momento en que yo firmara, el hospital se liberaba de toda responsabilidad sobre mi estado de salud en el caso concreto de las complicaciones que se podrían presentar. Yo asentí y confirmé que era consciente y que lo sabía. Le pedí disculpas al doctor y le dije que no fuera a pensar mal, que por el contrario, estaba muy agradecido por tantas atenciones, pero que era para estar un poquito mejor, que entendiera por favor. – Tranquilo -- dijo, pero con el entrecejo arrugado. Me pareció que estaba dolido y que pensaba que yo era un desagradecido. Yo miré al padre-capellán. El no decía nada, solo respetaba mi decisión. Firmé y coloqué la fecha del día, del egreso. El doctor se me acercó, me dijo que iba a hacer una excepción y que me iba a dar no sé qué cosa, y que eso no se hacía, pero que iba a hacer una excepción conmigo. Por fin no supe qué fue lo que me dio como excepción. Sé que la cuñada lo tomó. Tal vez un informe o las tomografías. No sé, por fin qué fue lo que el médico me dio y que la cuñada tomó para llevármelo como referencia al médico que me fuese a ver. Nos dimos las manos en un apretón. Yo le daba las gracias. Me dispuse a salir. Ya mi cuñada y mis sobrinas habían recogido mis macundales porque todo estaba listo para salir. El padre-capellán salió caminando a mi lado. Yo llevaba el colgadero de la solución que iba conectado a la vía que tenía en mi mano derecha. Salimos del hospital. El padre-capellán iba conmigo y conversábamos. Recuerdo que también un ministro extraordinario de mi parroquia estaba también en esos momentos y estaba junto a mí y al lado del padre-capellán. Mi hermano, mientras tanto, estaba buscando el carro para acercarlo a las escaleras del frente del hospital para montarnos e irnos, supuestamente, a la clínica a donde me irían a llevar. Eso pensaba yo.
            Mi hermano se detuvo en todo el frente. Me despedí del padre-capellán con un apretón de manos y un abrazo. También del señor de la parroquia. En eso ya habían llegado una hermana (no monja) y mi otra cuñada (tampoco monja). Ellas se irían aparte. Mientras bajaba las escaleras,  me di la vuelta como para darle la última mirada al hospital y como para agradecerles tantos cuidados y detalles, vi que mi hermana estaba conversando con el padre-capellán muy a sus anchas. Una vez montado en el carro se subieron todos los demás, mi hermano en el volante; perdón, no el volante, sino al frente; yo, como copiloto. Detrás, justo detrás de mi hermano, otro hermano, y los demás en los puestos restantes. Y antes de que mi hermano diera marcha al carro, llamé por teléfono a mi otro hermano para comunicarle que ya había salido del hospital y que nos íbamos para la supuesta clínica a donde me irían a llevar, y para comprobar si todo estaba listo y en orden. A todas estas, con tantos hermanos, ya era toda una hermandad…
            Tremenda sorpresa cuando mi otro hermano me responde que todavía no había hecho ningún contacto, que no había tenido tiempo. Que llamara a la persona amiga de la familia, a ver qué había hecho ella, que ella se había comprometido. Ahí me entró un frío. Yo sentí que los que estaban en el carro se habían movido un poquito más de la cuenta. Eso no se esperaba. Le pregunté a mi hermano que qué pasaba. Me dijo no saber nada. Él apenas había ido a dar una vuelta a verme no más, y ahora se hallaba cargando con el enfermo sin saber para dónde agarrar. Tronco de rollo en el que se hallaba. Estaba en la que estaba sin saber nada y sin almorzar, que era lo peor. Entonces, llamé a la persona amiga de la familia y que muy generosamente se había comprometido a ayudar y a mejorar la situación. Contestó el teléfono. La saludé e inmediatamente le pregunté que si, por fin, ella había hecho los contactos para la susodicha clínica. -- No -- contestó. Todavía no había hecho nada porque mi otro hermano había dicho que a las cinco de la tarde harían esos contactos y que ella estaba dependiendo de la llamada de mi hermano que sería a partir de la cinco de la tarde; no antes. Le dije que yo ya estaba fuera del hospital y que ahora me hallaba en veremos. Ella se asustó y no sabía qué decir. Tampoco yo. El carro se movió más, a pesar de que todavía no estaba en marcha, porque estábamos en el mismo sitio frente al hospital, porque los que estaban dentro del carro ahora sí que estaban asustados y nerviosos. Yo suspiré fuerte como queriendo decir, y, ¿ahora qué? Ahora sí que se empeoró la cosa, porque al hospital ya no podía regresar, y para dónde vamos a coger…
            Suspiré duro. Miré hacia el hospital. No había nada qué hacer. Arriba en la parte plana después de las escaleras estaban el padre-capellán, mi hermana y mi otra cuñada conversando y se reían. Debía ser amena la conversación porque con el padre-capellán todo es ameno y simpático, como todo él. Su acento español le aumenta la simpatía y la jocosidad natural que ya posee.
            -- Vámonos para la casa -- logré decir al final de ese momento tan difícil. -- Vámonos que ya se resolverá -- Y con ello volvíamos a ser dueños de las circunstancias, siempre y cuando no estallara allá adentro lo que los médicos tanto habían insistido que podía suceder. Y nos fuimos para la casa a esperar noticias. Y mientras íbamos se comenzaron a echar culpas; el uno que por culpa del otro; el otro, que él si había dicho tal o cual cosa; todas las culpas para todos y para cada uno. Yo iba silencioso y asustado porque no explotara nada, ni siquiera un caucho del carro, y con mi colgadero de la solución que llevaba conectado a mi mano derecha. Otro hermano, que iba justo detrás de mi hermano, que era el chofer, soplaba y resoplaba como queriendo echar culpas a todos. Y ese resoplido me llegaba hasta lo más fondo y ya me tenía casi a punto de convertirme en el hombre de color verde de la serie de televisión. Me imagino que al que manejaba ya le llevaría la nuca encendida con tantos resoplidos justo detrás de la oreja. Mi hermano el que manejaba, más bien, iba callado. Tal vez no entendería nada de todo lo que estaba pasando, si apenas había pasado a darme un vueltica al hospital. A no más iba. Mejor hubiera sido que hubiera ido después de haber almorzado, por lo menos iría lleno, y no con hambre y sorprendido de comprender lo que estaba sucediendo, si apenitas había pasado a ver cómo estaba yo… Tronco de problema… y con hambre… y confundido… y con el enfermo en un lado…

            Entre los resoplidos del otro hermano y las culpas y yo si dije que, y que mejor era que hubiera sido, contesté en un tono de voz un poquito alto, como para mostrar autoridad y poner punto final al lamento inútil, dije -- “lo que fue, fue; dijo la boba”. Aquí ya no se trata de lo que pudo haber sido y no fue, sino de lo que es. Y lo que es, es que ya no estoy en el hospital y no puedo regresar a él por los momentos. Volver sobre eso no ayuda a nada. Lo que fue, fue, y punto. Así que la situación es, para dónde vamos a ir, y eso dejémoslo al otro hermano que se va encargar de eso. No hay otra. -- Y surgió efecto porque ya ninguno volvió a tocar el tema. Así sería la autoridad con la que había hablado. Y yo no sabía que tenía tal voz de mando y de autoridad. No se tocó más el asunto de las culpas y del yo sí dije y del mejor hubiera sido… De nada servía. La circunstancia era otra, simplemente. Y todo el panorama había cambiado. Más de eso, era necedad.

12

12        
           
           

            Llegamos a la casa. Yo no podía comer absolutamente nada. La dieta era absoluta. Aproveché y como pude con el colgadero que cargaba me di un baño y me cambié de ropa, esperando noticias del hermano, que según sabíamos ya había hecho contactos con un doctor de otra clínica donde él mandaba a algunos de sus obreros de su compañía, que salían con hernias o cosas parecidas para las intervenciones. El mismo hermano se decía que cómo no se le había ocurrido esa clínica y en concreto ese doctor, que tampoco puedo decir ninguno de los dos nombres, tan solo que me paguen para que los publicite. Ya había hablado con el doctor y ese mismo doctor había recomendado a un doctor de esa clínica. Le habían dado el número de su celular y había colocado cita para las cinco y media de esa misma tarde. Mientras tanto yo me acosté un rato para tratar de dormir y con el colgadero puesto en la parte superior del escaparate para que siguiera goteando y alimentándome, por lo menos hidratándome, supongo.
            Me insistieron que me acostara en una de las camas de la habitación de mi hermana porque era más cómodo que estar subiendo y bajando las escaleras porque mi habitación quedaba en la segunda planta. Y tenían razón. Ahí me acosté a pensar y a pensar. La ventaja era que no tenía dolores, y eso era ya una gran ventaja. En ese pensar llegue a pensar que había sido torpe y que había cambiado el rumbo de mi historia y tuve arrebatos de echarme la culpa. Me recriminaba que qué me había pasado y por qué me había dejado influenciar por motivaciones externas y que en cierta manera había perdido mi personalidad al dejarme llevar por puros supuestos y sin tener todos los elementos en las manos para haber tomado tal decisión. Ya no había marcha atrás. Lo que había sido, había sido, ahora me tocaba enfrentar con gallardía y sin lamentos ni quejas lo que viniera, incluyendo que explotara allá adentro, lo que tanto temían los doctores del hospital. No tenía otra que esperar y asumir lo que fuera.
            A eso de las cuatro de la tarde, un poquito más, llegó mi hermano. Ya todo estaba preparado y listo. Nos iríamos. Prepararon café. Yo disfruté el aroma porque no podía tomarlo y salimos en mi carro rumbo al lugar donde nos esperaba el doctor. Yo iba en la parte de atrás y adelante un hermano, quien manejaba, y su esposa. Íbamos hablando. De vez en cuando yo me retorcía. Como para complicar las cosas todo el mundo como se que se le antojó salir en carro justo a esa hora. Las colas eran interminables y el tiempo iba pasando. Nos preocupaba que el doctor se fuera a ir. Como a las cinco y veinte mi cuñada llamó al doctor, primero para decir que íbamos en camino y que había mucho tráfico, y, después para volver a preguntar la dirección exacta de la clínica. El doctor dijo que esperaba, que nos la tomáramos con calma, e indicó la dirección. Íbamos por buen camino y estábamos cerca. Casi a las seis de la tarde llegamos. Nos bajamos. Dos médicos nos estaban esperando.
            Saludaron a uno de ellos que era conocido y al desconocido quien era que me iba a ver. Nos presentamos. Fulano y fulano, y mano y mano, de presentación. -- Venga para acá -- dijo el médico y yo lo seguí. Me mandó acostar en la camilla en un cubículo pequeño y empezó el tanteo de la barriga y a preguntar dónde dolía. -- Ahí no -- Ahí un poquito. -- Y ahí – con su respectivo ¡ay! de dolor, pegaba el brinco como un resorte en la camilla. Ahí sí dolía. Movía el médico la boca como conversando consigo mismo. Y volvía a tantear. Me hizo levantar la pierna derecha, no me dolía. -- Es raro -- dijo. Pidió los exámenes que me habían mandado hacer en el hospital que mi cuñada cargaba en un sobre grande de color anaranjado. Los vió. Primero los de la sangre, después en contra luz la tomografía. Y volvió a retorcer la boca como murmurando entre dientes que sé yo. Estaba concentrado mirando y sacando sus observaciones para ver qué decidir. Mandó tomar una muestra de sangre para verificar la cantidad de glóbulos blancos y otras medidas más que sólo ellos saben. -- De eso depende lo que vayamos a hacer -- comentó. Le comentamos que en el hospital habían dicho que existía un plastrón. Entonces, volvió a tantear y esta vez detectó algo que le preocupó. -- Lo curioso – comentó -- es que es en la parte superior de no sé que cosa de no sé dónde, porque como ellos hablan como solo ellos saben hablar, y uno queda en las mismas, yo no entendí nada. Sólo sé que decía que lo raro es que es arriba y no abajo, como debería ser lo lógico. Le comenté también que el dolor lo sentía hacia la parte de atrás por la columna y le mostré con la mano por donde más o menos me dolía. Volvió a arrugar la boca, como en señal de estar pensando. Volvió a tantear.
            Ya la enfermera había venido a tomar la muestra de sangre y había que esperar. Y como son las cosas de la vida. Justo en ese momento suena uno de los celulares del doctor, por lo visto tenía dos, tal vez de servidoras distintas, y el doctor atendió. Era, por casualidades de la vida la misma doctora que me había asistido en el hospital y que había peleado porque no había querido operar por lo del cambio de turno de personal. Hablaron entre ellos. Él aprovechó y le preguntó por el caso de fulano y dijo mi nombre y apellido que venía del hospital. Por lo que se suponía que estaban hablando ella dijo que se trataba de un sacerdote con ese nombre. El doctor entonces me miró y preguntó que si yo era sacerdote, moví afirmativamente la cabeza, y el doctor le contestó a la doctora que sí, y en ese momento me tomó de un brazo como con cariño mientras seguía conversando con la doctora. Hablaron en sus términos que uno no entiende y después de unos tres minutos el médico cerró la conversación por teléfono y se dirigió a los tres que estábamos en el cubículo para darnos sus impresiones. Menos mal, porque había pensado operar esa misma tarde-noche, y la conversación con la doctora le había llevado a cambiar de opinión. Las cosas de la vida, y de que Dios ayuda al bobo, lo ayuda, que lo diga yo.
            Al cabo de una hora, tal vez, trajeron los resultados de la muestra de sangre. El médico los vio y tomó la decisión de que se podía cumplir el tratamiento en la casa, con el compromiso de que mi cuñada, que es enfermera, lo cumpliera a cabalidad. – Sí -- dijo ella. Además, todos los días tiene que tomar las muestras de sangre para ver la cantidad de los glóbulos blancos y verificar la infección y su progreso en descenso, por supuesto. Indicó los antibióticos que eran los mismos que ya se venían aplicando y la dieta absoluta. Cualquier cosa solo había que llamarlo no importando la hora. Dicho.
            Nos dimos la mano. El doctor nos acompañó hasta la puerta de salida. Nosotros le indicamos lo de la administración. Él dijo que la consulta no la iba a cobrar pero que fuéramos a pagar lo de la sangre y demás. Fuimos a administración y se canceló todo, que no fue gran cosa, realmente. Dentro de dos días volvía a tener cita a las cinco y media de la tarde en la misma clínica.

            Salimos muy agradecidos e impresionados por lo joven del médico y por su calidad de atención. Rumbo a la casa, yo con mi colgadero que a partir de esa misma noche iba a empezar a trabajar parejito, no el colgadero, sino la vía y la vena por donde iría a pasar todo.