viernes, 30 de diciembre de 2016

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            Ya era lunes. Había pasado la noche del domingo en el Razetti y en cuanto a la asistencia no podía quejarme. Todo lo contrario. Estaba muy agradecido. Sobre todo, después de haber comprendido que si hubiera ido directamente a una clínica, y muy especial a la que tanto miedo le tenía, ese lunes no hubiese contando en mi calendario de vida. Había escuchado tantas historias, y por lo que se ventilaba la mía no era muy prometedora. Lo mínimo que hubiesen hecho en las circunstancias en que yo anduve toda la madrugada del sábado era haber abierto para operar, de una vez por todas. Y, según los médicos del Razetti, las dudas que se les presentaron fueron la bendición de Dios, porque entre la duda y la sospecha, tuvieron la brillante idea de esperar y comprobar la existencia del “plastrón”. Eso los frenó y los detuvo, a pesar de que el médico que me trató de entrada en el Razetti era de la opinión de haber operado de una vez. “Dios ayuda al bobo y al inocente” dice nuestro refranero popular. Y en este caso ayudó al bobo, porque otra historia hubiera sido y no hubiese podido escribir este libro, y ver lo tanto que a mí me gusta escribir. La prueba está en que apenas a pocos días de operado y apenas pude, me senté a escribir todo lo que estoy escribiendo, a pesar de tener todavía la barriga abierta y sin dejar de contar los dolores que me dan todavía, que me obligan a dejar la computadora y buscar acostarme y echarme unas diez o quince revolcadas más a las muchas que ya llevo de antes de la operación. Pero las revolcadas de ahora son muy distintas a las de hace una o dos semanas atrás. Mucho cuento y qué diferentes, pero, son revolcadas, igualmente de dolor.
            Cuando les preguntábamos a los doctores del hospital, a los que se dejaban hablar, porque algunos ya estaban medios hedionditos, es decir, no se les podía ni tratar, de qué hubiese pasado si hubiesen abierto para operar en las circunstancias en que yo estaba, decían que se irían a encontrar con muchas sorpresas; primero, empezando por el plastrón, y, después que con toda seguridad la infección se extendería por toda esa parte y sería prácticamente una peritonitis y la cosa sí que entonces hubiese sido realmente complicada. Hubiera sido una gran sorpresa y una muy segura complicación. Que en el caso presente que como se sabía de la existencia del plastrón lo mejor era atacar con antibióticos, por los menos por siete días con mucho cuido y reposo absoluto para evitar cualquier otra complicación como el que fuera a estallar allá dentro. Menos mal de la que me salvé. Sin duda, que “Dios ayuda al bobo…”. Ya que todas las vueltas que dimos hasta antes de llegar al hospital fueron como conducidos por la Providencia o por carambola, depende de cómo se vea. Porque, incluso el hecho de haber llegado al Razetti justo casi con el cambio de turno de médicos, fue una feliz coincidencia, ya que si llegamos más temprano, tal vez, a la tres o cuatro de la mañana, me pasan directamente para quirófano y se hubieran llevado tremenda sorpresa y a mí hubiesen mandado a dar razón de la carta que le había escrito a San Pedro en el libro El piar de un gorrión. Tal vez me hubiera regañado porque lo llamaba Pedrito y lo trataba con confianza, o, tal vez, esa hubiese sido la influencia y la referencia para pasar, tal vez, derechito. Pero eso vamos a dejarlo para otro día. Total, yo no tengo apuros para dar razones a Pedrito, por ahora. Tan solo que él disponga otra cosa. En todo caso vamos a colocar la tan referida cartica a Pedrito del libro que tengo dicho y que es de mi autoría. Aquí va la cartica:

Carta a Pedro Apóstol

                Hola, Pedrito:
                Quiero justificar de inmediato por qué te llamo Pedrito. Porque me eres simpático y porque eres como yo, en muchas de las cosas. A lo mejor sea una declaración de amistad muy directa. Pero es así. Tal vez, ni te consideres mi amigo. Pero yo me atrevo a considerar que sí.
                Pedrito, así te llamo. Y cuando pienso en ti, me digo siempre, así en demasiada confianza: este Pedrito, si que es especial.
                Te imagino al lado de Jesús de Nazareth. Siguiéndolo por todos lados, con la esperanza de un reino, al estilo David. Las cosas parecían que se te iban a poner buenas. Te alistas al nuevo líder. Este da el golpe y te acomodas. Pero Jesús hablaba de un reino que no se trataba de aquí, de la tierra. Y tu, y contigo todos los demás, se hacían ilusiones de un buen puesto. Pero no entendían. Y, entonces, tú y tus salidas típicas de una persona que tiene claro lo que quiere, y que no entiende otra cosa, de lo que se ve en la inmediatez. Jesús hablaba de un reino. Esa era la esperanza de todo Israel. Tú eres israelita. Luego, tenías las mismas esperanzas de ese reino. Ahí que tú te oponías a Jesús cuando él hablaba que tenía que ir a Jerusalén, sufrir, ser entregado y morir. ¿Cómo es posible? Y Jesús te regaña y te pone en tu lugar al decirte que te apartes porque no entiendes. Quedaste mal parado. Y eso que momentos antes, según nos dice el Evangelio de Marcos, tú dijiste que él era el Mesías, el que tenía que venir, el esperado. Se trataba, sin duda, de una salida inspirada por Dios en tu impulsividad. Dijiste lo que dijiste y no supiste lo que decías. Porque inmediatamente pones la torta. ¡Ay, Pedrito, Pedrito!
                Cada vez que Jesús hablaba que tenía que morir, tú intervienes. Te entiendo y te doy la razón. Y, ¿dónde queda, entonces, el reino? Y siempre sacas la peor parte. Allá, en el Huerto de los Olivos, por ejemplo. Vienen a llevarse preso a Jesús y tu sacas de una vez la espada para defenderlo y defenderse. Porque eso significaba que si se llevaban al jefe también irían sus acompañantes. Había que sacar la espada. Había que hacer una amenaza. Y tú lo hiciste. Y volviste a quedar mal parado. Otro regaño de Jesús. No era justo. ¿Qué le pasará a éste? ¿Qué se habrá creído? Tanto coraje tuyo, ¿para qué? Lo peor del caso, es que Marcos no dice que fuiste tu, sino que uno de los que allí estaban. Pero, el chismoso fue Juan. Tenía que rayarte al decir que habías sido tú. Te nombra. ¡Qué falta de compañerismo, no te parece! ¡Así andaban las cosas entre ustedes, qué se podía esperar!
                ¡Y no que ibas a ser fiel hasta el final si cuando te preguntan si eres del mismo grupo de ese que van sentenciar, lo niegas! ¡Un adulador eres lo que eres, Pedrito! Claro. Antes, todo. ¡Te estabas asegurando un puestecito para cuando se diera el golpe! Pero, cuando las cosas se complican, nada de nada. Ni lo conozco. ¡Ahora, sí!
                ¡Cómo son las cosas, amigo Pedro! Resulta que la cosa iba más allá. Tú tenías razón en tus salidas. Pero también las tenía Jesús. Iban por caminos diversos. Y allí es donde está todo el meollo. Jesús sabía lo que hacía. Te tenía, ciertamente, para un puesto y bueno. Tú aspirabas otro. Pero te dieron uno mejor, todavía. No te puedes quejar. Te saliste con la tuya. No resultaron en vano tus salidas e impulsividades, Pedrito.
                Ahora bien. Yo me veo en ti, Pedrito. Soy demasiado inmediatista. Veo las cosas que veo. Y no más allá. No tengo esa capacidad de mirar un poquito más allá de las circunstancias actuales. Soy impulsivo. A veces, me controlo, cuando veo clarito que me conviene quedarme tranquilo. Pero cuando no veo ninguna conveniencia exploto y digo lo que digo. Después me arrepiento. Casi siempre pongo la torta. Y me duele que sea así. Y, entonces, me hace sufrir. Y me lamento de mi impulsividad y de mi inmediatez. Y me digo pero por qué. Y enseguida me consuelo contigo, porque me digo, si Dios se fijó en mí, fue precisamente, a pesar de todo eso. Ahí está Pedrito. Tranquilo. Mírate en él. Y me alegro. Aun cuando no entienda muchas cosas y ponga la torta.
                Oye, Pedrito, gracias por estar con tus torpezas. Y creo que con todo lo que te rayaron los que cuentan los evangelios, es bueno para mí. Así que gracias a esos chismosos que te querían hacer quedar mal, yo quedo bien. Sin duda, existe en esa intención de los escritores una inspiración de Dios y una teología. Gracias en todo caso.
               
Hasta luego, Pedrito:
Daniel.

            En el caso de que hubiesen abierto se hubieran encontrado con una sorpresa, según pudimos entender. Y, aún, el haber llegado casi al cambio de turno fue mi salvación física y existencial. Otra cosa sería la salvación en las postrimerías, es decir, en el más allá. Pero eso se lo dejo a Dios y repito como cuenta Anthony de Mello en su libro El canto de la rana, en donde cuenta, muy a su estilo, que un famoso pintor italiano había dispuesto para cuando estuviera a punto de morir, que no llamaran al confesor. Dice:

Es costumbre entre los católicos confesar los pecados a un sacerdote y recibir de éste la absolución como un signo del perdón de Dios. Pero existe el peligro, demasiado frecuente, de que los penitentes hagan uso de ello como si fuese una especie de garantía
o certificado que les vaya a librar del justo castigo divino, con lo cual confían más en la absolución del sacerdote que en la misericordia de Dios.
He aquí lo que pensó hacer Perugini, un pintor italiano de la Edad Media, cuando estuviera a punto de morir: no recurrir a la confesión si veía que, movido por el miedo, trataba de salvar su piel, porque eso sería un sacrilegio y un insulto a Dios. Su mujer, que no sabía nada de la decisión del artista, le preguntó en cierta ocasión si no le daba miedo morir sin confesión. Y Perugini le contestó: “Míralo de este modo, querida: mi profesión es la de pintor, y creo haber destacado como tal. La profesión de Dios consiste en perdonar; y si él es tan bueno en su profesión como lo he sido yo en la mía, no veo razón alguna para tener miedo”.

            El caso es, que físicamente hubiese sido mi final, si hubiesen abierto en esas circunstancias. Y me salvé por pura aparente imprudencia. Porque lo más lógico, en ese caso, es que hubiera ido directamente a una clínica y más específicamente a la donde matan la gente por cosas más sencillas, como una simple apendicitis, como me ha tocado escuchar, y a la que yo le tenía tanto miedo. Por eso “Dios ayuda al bobo…
            Y lo que puede verse como una imprudencia de estar cargando con un enfermo toda la madrugada de aquí pa’llá, de no haber sido bien asistido en el Hospital La Garzas, de no haber habido habitación en la policlínica de Puerto la Cruz, y de haber llegado entre las cinco y las seis de la mañana al hospital Razetti, justo con el cambio de turno de personal médico, fue una como bendición de Dios, o como una conducción o un manejo bien organizado de qué sé yo de qué fuerzas. No me vengan a decir que es un milagro porque tampoco es para que exageren. Simplemente, que “Dios ayuda al bobo y al inocente”, como se dice. Alguien podría hablar de “Providencialismo”, pero en los casos en que suceden los decesos, ¿será que los abandonó la Providencia, y, entonces, la Providencia no estuvo? Esto es profundo…
            Transcurría la mañana. Vinieron varios doctores. Miraron y tantearon otra vez la barriga. Estaba de más porque ya estaba determinando que era un “plastrón”, y que había que aplicar antibióticos por siete días; bueno, por seis, ya que ya había pasado uno. Volvieron otros. Más tarde otros, en grupos de cuatro o cinco, cada vez. Ya a los últimos no les contestaba nada, sino que levantaba los pies para que vieran la tomografía, que estaba debajo de mis pies, y vieran lo que tenían que ver. Ya me estaba pareciendo que aquello ya era relajo, por lo menos conmigo. Me caían a preguntas y preguntas y a todos los grupos tenía que darles el mismo rosario de respuestas, y ya me estaba casi convirtiendo en Hulk. Creo, que por lo menos el color verde ya empezaba a reemplazar el color pálido que con toda seguridad tendría. Por fin no sabía quien era el médico tratante y quien el visitante o quien el asomao. Esperaba que pasaran la revista médica. --No; ya la hicieron --  me dijeron, y ni supe cuándo, ni a qué hora, ni quien la realizó, ni qué fue lo que dijo, porque pasaron como cuatro grupos de cinco cada vez.
            A media mañana volvió el padre-capellán del hospital. Estuvimos hablando cosas de curas, en las que no puede dejarse de hablar del Obispo, si no, no fuera conversación de curas, independientemente que fuese bueno o malo lo que se dijera. Hablamos de todo, de España, del Barcelona y su eliminación de la copa, de política sin dejar de hablar de Chávez, porque, entonces ya no sería política. Y, así, de todo. El padre-capellán me comentó que estuvo buscando habitación en los pisos para que me trasladaran y que había hablado con el director del hospital, y que todo había sido en vano porque no había cama ni habitación disponibles. A mí me angustiaba pensar pasar otra noche en ese sitio de emergencia, solo por el hecho de los portazos que no dejaban dormir. Además de los dolores, trasnochado, es mucho para un cristiano, como se dice. Entonces, surgió la idea de volver a hablar con el médico de turno para que me dejaran ir a la casa con el compromiso de ser puntuales en el tratamiento. El padre-capellán dijo que se podía salir con o sin el consentimiento del médico, y que se podía firmar una hoja de salida. Yo en el fondo no quería salir como desagradecido del hospital. Al contrario. Estaba muy agradecido. Ni quería que los médicos fuesen a pensar que estábamos a disgusto. Todo lo contrario, pero buscábamos un poco de más tranquilidad.
            Mientras tanto mi hermano se había comprometido junto con otra persona activa de la parroquia y amiga de la familia a buscar habitación en una clínica en Puerto la Cruz en el transcurso de la tarde. Ya sería mediodía, tal vez, un poquito más. Otra cosa era que el médico de turno accediera a dejarme salir por lo delicado de la situación, ya que había el peligro de que explotara allá adentro y todo se complicara. El padre-capellán insistía que era mejor que me quedara, que en uno o dos días, las cosas mejorarían y con seguridad, para entonces, habría ya una cama disponible en piso. Pero yo pensaba en los portazos y me inquietaba.
            Lo de una habitación en la clínica, y que no puedo decir porque no me pagan por decirlo era, según me habían informado, un hecho. Sería cuestión de salir y de trasladarse a ella y todo resuelto. Eso facilitaría las cosas con el médico de turno que estaba intransigente y con toda razón, porque se trataba de una vida. Pero nos adelantamos, ya que no se había confirmado lo de la clínica, cosa que los que estábamos dentro del hospital alrededor de mi caso, dábamos por hecho. Hubo un cruce de informaciones y se daba por hecho lo que no. La información era que mi hermano había hablado ya, y que todo estaba listo; pero, la verdad era que mi hermano iba a hablar y todavía no lo había hecho, porque estaba todo enredado con lo del trabajo y algunos detalles con algunos obreros y demás, y se le sumaba la situación del hermano que estaba en el hospital por quien tenía que abogar para el traslado. Lo habían pactado para las cinco de la tarde junto con la persona de la parroquia y amiga de la familia. Todo para las cinco de la tarde cuando se tendría la noticia definitiva. Por ahora, no; y serían como la una de la tarde.

            Estando en esas, llega un hermano y su familia a visitarme. Iban a visitarme y a estar un ratico porque salían de clases las hijas, y la esposa, de un curso que estaba haciendo de currículo y pensul de actualización que se estaban dando por eso días por disposición del Ministerio de Educación, y estaban sin almorzar. Habían pasado un ratico, para ir a la casa a comer, porque es bien válido que, “barriga llena, corazón contento”.

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            Yo ignoraba que el grupito de la familia que había llegado en ese momento sólo estaba de paso, y como para el camino de la casa quedaba el hospital habían aprovechado de pasar a darme una vuelta. Yo pensaba que iban por mí. A veces la falta de comunicación nos lleva a suponer cosas que a la larga nos pueden complicar la vida. Nada debe ser o darse por supuesto, o por sabido, si no se conversa. Y en ese caso estábamos suponiendo, y prácticamente, a punto de cometer un gran error. Yo suponía que ellos venían a llevarme y trasladarme del hospital porque el tema último había sido lo del traslado para otro sitio ya que en el hospital no había cama en ninguno de los pisos y en la emergencia era casi imposible continuar, además de estar solicitando la camilla en la que me hallaba, porque ya me lo había participado un par de veces una doctora de turno. Eso suponía yo. Y cuando ví que el grupito de mi familia había llegado justo en esos momentos de la situación, pues era lógico que pensase y supusiese lo que estaba pensando. Pero, es muy importante no suponer nada en nada, sino ir sobre seguro y para eso existe el diálogo y la comunicación. Pero estaba sobreentendido. Pero, la realidad era que estaban saliendo de sus actividades y obligaciones e iban para la casa a almorzar, para volver cada uno a sus quehaceres de la vida, y de paso, habían pasado a darme nada más que una vueltica. No más.
            Las coincidencias se juntan, a veces para mejorar o a veces para empeorar, dependiendo de cómo estén las circunstancias y los actores de ellas, ya para ser dueños de ellas o estar sometidos a ellas, como diría en palabras más profundas el filósofo José Ortega y Gasset. Lo lógico es ser dueños y señores de las circunstancias. Pero, para eso o lo otro, existe un mínimo de diferencia que es el estar consciente de cada situación, para lo que se requiere el cúmulo de todo lo que tiene que saberse del momento que se está viviendo, sin enajenación. Y ya nos pusimos filósofos. En donde el suponer es un paso en falso, y en donde ese suponer nos va a llevar a estar sometidos a las circunstancias y, por consiguiente, a cometer errores, como el que estuvimos a punto de cometer, pero que se enmendaron gracias al volver a adueñarnos de nuestras circunstancias, para alivio y alegría de todos, como ya veremos de inmediato.
            La circunstancia era que yo estaba enfermo y en el hospital Razetti. Se le añadía a esa primera circunstancia el hecho de que se quería que yo estuviera mejor. Y era válido y justo que así fuera. No estaba siendo mal atendido en el hospital. No se podía pedir más. Imposible. Más bien, muy agradecidos. Pero ante la necesidad de mejorar mi situación de enfermo se presentó la idea de cambiar de lugar, ya para piso en el mismo hospital, ya para otro lugar en donde pudiese tener un poquito más de comodidad, aunque no de atención porque en el hospital ya la tenía. Para piso en el mismo hospital era, por los momentos inmediatos, imposible porque no había sitio disponible. Entonces, se presentó la idea de que afuera podría ser mejor. Y se movieron todos los contactos para que así fuera como el de contactar para una habitación en una clínica de Puerto la Cruz, para seguir el tratamiento que ya se estaba siguiendo al pie de la letra; o, la más riesgosa de todas, que era que me dejaran ir a la casa y allá cumplir el tratamiento a cabalidad, con la confianza de que mi cuñada era enfermera y se comprometía a cumplir con sus asistencias profesionales. Se suponía que esta última posibilidad representaba mucho riesgo y era una gran responsabilidad, a la que por todas-todas, los médicos del hospital se negaban, y con razón.
            Quedaba en pie, pues, que lo que convenía era que fuera a la clínica. El padre-capellán, que estaba justo en esos momentos en el grupo, opinaba que era mejor que me quedara y que tuviera paciencia, que las cosas mejorarían desde el momento en que hubiese una cama disponible en piso. Sería cuestión de dos o tres días más. Que esperara. En esa insistencia sentí y ví que al padre-capellán se le humedecieron los ojos. En verdad él no quería que me fuera. Pero, yo ya estaba decidido a que sí. A todas estas yo ya suponía que todo estaba listo y programado en la susodicha clínica. Suponía, más no lo sabía porque no lo había conversado directamente. Le medio pregunté a mi hermano y él hizo movimientos de cabeza y gestos de cara como diciendo, supongo. No tenía por qué saberlo porque él estaba en su mundo y venía con su esposa y sus dos hijas a dar una pasadita por el hospital porque iban para la casa a almorzar y regresar, inmediatamente, en la tarde a sus faenas de todos los días. El otro hermano, menos que menos que sabía. Quien tenía que hacer esos contactos era un hermano, junto con la persona de la parroquia y muy amiga de la familia, quienes se habían comprometido a hacer todo lo referente a la clínica. Y de ellos, ni yo, ni el otro hermano ni su esposa, ni sus hijas, ni otro hermano, teníamos noticias seguras sobre si ya estaba todo cuadrado, o si faltaba todavía, o si no había posibilidad. No se sabía. Solo se suponía. Y en eso de suponer, por no tener certeza de certeza real, se cometen grandes errores.
            Ya el médico estaba al tanto de la posibilidad de que yo quería salir del hospital para buscar estar más tranquilo. No le había gustado mucho la idea, pero, la respetó. En esos momentos tan rápidos y destellantes de rapidez hizo presencia en el sitio de la emergencia una estudiante de medicina conocida de la parroquia que de vez en cuando hacía de lectora en las misas de los domingos en la parroquia. Ella había sido el contacto con el médico para cuando se tomara la decisión definitiva de salir del hospital. Saludó al padre-capellán. ¡Quién no conoce al padre-capellán en el hospital! Por lo menos entre el personal médico y de trabajo.
            Entonces, aproveché y le pedí a la estudiante de medicina que hablara con el médico para que aceptara y firmara y autorizara mi salida del hospital. Ella se sonrió y accedió y se retiró a cumplir el favor pedido.
            Yo pensaba que mi hermano había ido a eso: a llevarme. Pero semejante sorpresa se llevó cuando con hambre y cansado como estaba se le habían cambiado todos los planes. Él tampoco dijo ni alegó nada, y como el que calla otorga, pues más elementos tenía yo para pensar que yo tenía razón. Suponía que todo estaba bien. Pero una cosa es suponer que esté bien y otra a que en verdad esté bien. Suponer es siempre un error. Hay que tener en cuenta siempre eso para la vida. Muchos errores se cometen por suponer que, sin estar seguro de algo se zumba uno y la caída es caída. Y aquí estábamos nosotros en un suponer, que pudo haber sido fatal. Suponer es cambiar el sentido de la historia, y jamás se puede cambiar nuestro sentido de la historia, porque en eso consiste el pecado, y, por consiguiente, el infierno aquí en la vida terrena y existencial (ya de eso he tratado en mi libro Preguntas y respuestas de toda persona inquieta sobre la oración) y justo me estaba casi contradiciendo con lo que había descubierto y escrito en ese libro que es muy bueno. Cambiar nuestra historia es el inicio de la expulsión del Jardín del Edén y es empezar a vivir nuestro infierno. Nos libre Dios.
            No pasaron quince minutos cuando apareció el doctor que me iba a autorizar la salida. Tal vez el hecho de que el padre-capellán estuviese ahí pudo haber suavizado el trato del doctor para conmigo. El doctor insistió en que desde el momento en que yo firmara, el hospital se liberaba de toda responsabilidad sobre mi estado de salud en el caso concreto de las complicaciones que se podrían presentar. Yo asentí y confirmé que era consciente y que lo sabía. Le pedí disculpas al doctor y le dije que no fuera a pensar mal, que por el contrario, estaba muy agradecido por tantas atenciones, pero que era para estar un poquito mejor, que entendiera por favor. – Tranquilo -- dijo, pero con el entrecejo arrugado. Me pareció que estaba dolido y que pensaba que yo era un desagradecido. Yo miré al padre-capellán. El no decía nada, solo respetaba mi decisión. Firmé y coloqué la fecha del día, del egreso. El doctor se me acercó, me dijo que iba a hacer una excepción y que me iba a dar no sé qué cosa, y que eso no se hacía, pero que iba a hacer una excepción conmigo. Por fin no supe qué fue lo que me dio como excepción. Sé que la cuñada lo tomó. Tal vez un informe o las tomografías. No sé, por fin qué fue lo que el médico me dio y que la cuñada tomó para llevármelo como referencia al médico que me fuese a ver. Nos dimos las manos en un apretón. Yo le daba las gracias. Me dispuse a salir. Ya mi cuñada y mis sobrinas habían recogido mis macundales porque todo estaba listo para salir. El padre-capellán salió caminando a mi lado. Yo llevaba el colgadero de la solución que iba conectado a la vía que tenía en mi mano derecha. Salimos del hospital. El padre-capellán iba conmigo y conversábamos. Recuerdo que también un ministro extraordinario de mi parroquia estaba también en esos momentos y estaba junto a mí y al lado del padre-capellán. Mi hermano, mientras tanto, estaba buscando el carro para acercarlo a las escaleras del frente del hospital para montarnos e irnos, supuestamente, a la clínica a donde me irían a llevar. Eso pensaba yo.
            Mi hermano se detuvo en todo el frente. Me despedí del padre-capellán con un apretón de manos y un abrazo. También del señor de la parroquia. En eso ya habían llegado una hermana (no monja) y mi otra cuñada (tampoco monja). Ellas se irían aparte. Mientras bajaba las escaleras,  me di la vuelta como para darle la última mirada al hospital y como para agradecerles tantos cuidados y detalles, vi que mi hermana estaba conversando con el padre-capellán muy a sus anchas. Una vez montado en el carro se subieron todos los demás, mi hermano en el volante; perdón, no el volante, sino al frente; yo, como copiloto. Detrás, justo detrás de mi hermano, otro hermano, y los demás en los puestos restantes. Y antes de que mi hermano diera marcha al carro, llamé por teléfono a mi otro hermano para comunicarle que ya había salido del hospital y que nos íbamos para la supuesta clínica a donde me irían a llevar, y para comprobar si todo estaba listo y en orden. A todas estas, con tantos hermanos, ya era toda una hermandad…
            Tremenda sorpresa cuando mi otro hermano me responde que todavía no había hecho ningún contacto, que no había tenido tiempo. Que llamara a la persona amiga de la familia, a ver qué había hecho ella, que ella se había comprometido. Ahí me entró un frío. Yo sentí que los que estaban en el carro se habían movido un poquito más de la cuenta. Eso no se esperaba. Le pregunté a mi hermano que qué pasaba. Me dijo no saber nada. Él apenas había ido a dar una vuelta a verme no más, y ahora se hallaba cargando con el enfermo sin saber para dónde agarrar. Tronco de rollo en el que se hallaba. Estaba en la que estaba sin saber nada y sin almorzar, que era lo peor. Entonces, llamé a la persona amiga de la familia y que muy generosamente se había comprometido a ayudar y a mejorar la situación. Contestó el teléfono. La saludé e inmediatamente le pregunté que si, por fin, ella había hecho los contactos para la susodicha clínica. -- No -- contestó. Todavía no había hecho nada porque mi otro hermano había dicho que a las cinco de la tarde harían esos contactos y que ella estaba dependiendo de la llamada de mi hermano que sería a partir de la cinco de la tarde; no antes. Le dije que yo ya estaba fuera del hospital y que ahora me hallaba en veremos. Ella se asustó y no sabía qué decir. Tampoco yo. El carro se movió más, a pesar de que todavía no estaba en marcha, porque estábamos en el mismo sitio frente al hospital, porque los que estaban dentro del carro ahora sí que estaban asustados y nerviosos. Yo suspiré fuerte como queriendo decir, y, ¿ahora qué? Ahora sí que se empeoró la cosa, porque al hospital ya no podía regresar, y para dónde vamos a coger…
            Suspiré duro. Miré hacia el hospital. No había nada qué hacer. Arriba en la parte plana después de las escaleras estaban el padre-capellán, mi hermana y mi otra cuñada conversando y se reían. Debía ser amena la conversación porque con el padre-capellán todo es ameno y simpático, como todo él. Su acento español le aumenta la simpatía y la jocosidad natural que ya posee.
            -- Vámonos para la casa -- logré decir al final de ese momento tan difícil. -- Vámonos que ya se resolverá -- Y con ello volvíamos a ser dueños de las circunstancias, siempre y cuando no estallara allá adentro lo que los médicos tanto habían insistido que podía suceder. Y nos fuimos para la casa a esperar noticias. Y mientras íbamos se comenzaron a echar culpas; el uno que por culpa del otro; el otro, que él si había dicho tal o cual cosa; todas las culpas para todos y para cada uno. Yo iba silencioso y asustado porque no explotara nada, ni siquiera un caucho del carro, y con mi colgadero de la solución que llevaba conectado a mi mano derecha. Otro hermano, que iba justo detrás de mi hermano, que era el chofer, soplaba y resoplaba como queriendo echar culpas a todos. Y ese resoplido me llegaba hasta lo más fondo y ya me tenía casi a punto de convertirme en el hombre de color verde de la serie de televisión. Me imagino que al que manejaba ya le llevaría la nuca encendida con tantos resoplidos justo detrás de la oreja. Mi hermano el que manejaba, más bien, iba callado. Tal vez no entendería nada de todo lo que estaba pasando, si apenas había pasado a darme un vueltica al hospital. A no más iba. Mejor hubiera sido que hubiera ido después de haber almorzado, por lo menos iría lleno, y no con hambre y sorprendido de comprender lo que estaba sucediendo, si apenitas había pasado a ver cómo estaba yo… Tronco de problema… y con hambre… y confundido… y con el enfermo en un lado…

            Entre los resoplidos del otro hermano y las culpas y yo si dije que, y que mejor era que hubiera sido, contesté en un tono de voz un poquito alto, como para mostrar autoridad y poner punto final al lamento inútil, dije -- “lo que fue, fue; dijo la boba”. Aquí ya no se trata de lo que pudo haber sido y no fue, sino de lo que es. Y lo que es, es que ya no estoy en el hospital y no puedo regresar a él por los momentos. Volver sobre eso no ayuda a nada. Lo que fue, fue, y punto. Así que la situación es, para dónde vamos a ir, y eso dejémoslo al otro hermano que se va encargar de eso. No hay otra. -- Y surgió efecto porque ya ninguno volvió a tocar el tema. Así sería la autoridad con la que había hablado. Y yo no sabía que tenía tal voz de mando y de autoridad. No se tocó más el asunto de las culpas y del yo sí dije y del mejor hubiera sido… De nada servía. La circunstancia era otra, simplemente. Y todo el panorama había cambiado. Más de eso, era necedad.

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            Llegamos a la casa. Yo no podía comer absolutamente nada. La dieta era absoluta. Aproveché y como pude con el colgadero que cargaba me di un baño y me cambié de ropa, esperando noticias del hermano, que según sabíamos ya había hecho contactos con un doctor de otra clínica donde él mandaba a algunos de sus obreros de su compañía, que salían con hernias o cosas parecidas para las intervenciones. El mismo hermano se decía que cómo no se le había ocurrido esa clínica y en concreto ese doctor, que tampoco puedo decir ninguno de los dos nombres, tan solo que me paguen para que los publicite. Ya había hablado con el doctor y ese mismo doctor había recomendado a un doctor de esa clínica. Le habían dado el número de su celular y había colocado cita para las cinco y media de esa misma tarde. Mientras tanto yo me acosté un rato para tratar de dormir y con el colgadero puesto en la parte superior del escaparate para que siguiera goteando y alimentándome, por lo menos hidratándome, supongo.
            Me insistieron que me acostara en una de las camas de la habitación de mi hermana porque era más cómodo que estar subiendo y bajando las escaleras porque mi habitación quedaba en la segunda planta. Y tenían razón. Ahí me acosté a pensar y a pensar. La ventaja era que no tenía dolores, y eso era ya una gran ventaja. En ese pensar llegue a pensar que había sido torpe y que había cambiado el rumbo de mi historia y tuve arrebatos de echarme la culpa. Me recriminaba que qué me había pasado y por qué me había dejado influenciar por motivaciones externas y que en cierta manera había perdido mi personalidad al dejarme llevar por puros supuestos y sin tener todos los elementos en las manos para haber tomado tal decisión. Ya no había marcha atrás. Lo que había sido, había sido, ahora me tocaba enfrentar con gallardía y sin lamentos ni quejas lo que viniera, incluyendo que explotara allá adentro, lo que tanto temían los doctores del hospital. No tenía otra que esperar y asumir lo que fuera.
            A eso de las cuatro de la tarde, un poquito más, llegó mi hermano. Ya todo estaba preparado y listo. Nos iríamos. Prepararon café. Yo disfruté el aroma porque no podía tomarlo y salimos en mi carro rumbo al lugar donde nos esperaba el doctor. Yo iba en la parte de atrás y adelante un hermano, quien manejaba, y su esposa. Íbamos hablando. De vez en cuando yo me retorcía. Como para complicar las cosas todo el mundo como se que se le antojó salir en carro justo a esa hora. Las colas eran interminables y el tiempo iba pasando. Nos preocupaba que el doctor se fuera a ir. Como a las cinco y veinte mi cuñada llamó al doctor, primero para decir que íbamos en camino y que había mucho tráfico, y, después para volver a preguntar la dirección exacta de la clínica. El doctor dijo que esperaba, que nos la tomáramos con calma, e indicó la dirección. Íbamos por buen camino y estábamos cerca. Casi a las seis de la tarde llegamos. Nos bajamos. Dos médicos nos estaban esperando.
            Saludaron a uno de ellos que era conocido y al desconocido quien era que me iba a ver. Nos presentamos. Fulano y fulano, y mano y mano, de presentación. -- Venga para acá -- dijo el médico y yo lo seguí. Me mandó acostar en la camilla en un cubículo pequeño y empezó el tanteo de la barriga y a preguntar dónde dolía. -- Ahí no -- Ahí un poquito. -- Y ahí – con su respectivo ¡ay! de dolor, pegaba el brinco como un resorte en la camilla. Ahí sí dolía. Movía el médico la boca como conversando consigo mismo. Y volvía a tantear. Me hizo levantar la pierna derecha, no me dolía. -- Es raro -- dijo. Pidió los exámenes que me habían mandado hacer en el hospital que mi cuñada cargaba en un sobre grande de color anaranjado. Los vió. Primero los de la sangre, después en contra luz la tomografía. Y volvió a retorcer la boca como murmurando entre dientes que sé yo. Estaba concentrado mirando y sacando sus observaciones para ver qué decidir. Mandó tomar una muestra de sangre para verificar la cantidad de glóbulos blancos y otras medidas más que sólo ellos saben. -- De eso depende lo que vayamos a hacer -- comentó. Le comentamos que en el hospital habían dicho que existía un plastrón. Entonces, volvió a tantear y esta vez detectó algo que le preocupó. -- Lo curioso – comentó -- es que es en la parte superior de no sé que cosa de no sé dónde, porque como ellos hablan como solo ellos saben hablar, y uno queda en las mismas, yo no entendí nada. Sólo sé que decía que lo raro es que es arriba y no abajo, como debería ser lo lógico. Le comenté también que el dolor lo sentía hacia la parte de atrás por la columna y le mostré con la mano por donde más o menos me dolía. Volvió a arrugar la boca, como en señal de estar pensando. Volvió a tantear.
            Ya la enfermera había venido a tomar la muestra de sangre y había que esperar. Y como son las cosas de la vida. Justo en ese momento suena uno de los celulares del doctor, por lo visto tenía dos, tal vez de servidoras distintas, y el doctor atendió. Era, por casualidades de la vida la misma doctora que me había asistido en el hospital y que había peleado porque no había querido operar por lo del cambio de turno de personal. Hablaron entre ellos. Él aprovechó y le preguntó por el caso de fulano y dijo mi nombre y apellido que venía del hospital. Por lo que se suponía que estaban hablando ella dijo que se trataba de un sacerdote con ese nombre. El doctor entonces me miró y preguntó que si yo era sacerdote, moví afirmativamente la cabeza, y el doctor le contestó a la doctora que sí, y en ese momento me tomó de un brazo como con cariño mientras seguía conversando con la doctora. Hablaron en sus términos que uno no entiende y después de unos tres minutos el médico cerró la conversación por teléfono y se dirigió a los tres que estábamos en el cubículo para darnos sus impresiones. Menos mal, porque había pensado operar esa misma tarde-noche, y la conversación con la doctora le había llevado a cambiar de opinión. Las cosas de la vida, y de que Dios ayuda al bobo, lo ayuda, que lo diga yo.
            Al cabo de una hora, tal vez, trajeron los resultados de la muestra de sangre. El médico los vio y tomó la decisión de que se podía cumplir el tratamiento en la casa, con el compromiso de que mi cuñada, que es enfermera, lo cumpliera a cabalidad. – Sí -- dijo ella. Además, todos los días tiene que tomar las muestras de sangre para ver la cantidad de los glóbulos blancos y verificar la infección y su progreso en descenso, por supuesto. Indicó los antibióticos que eran los mismos que ya se venían aplicando y la dieta absoluta. Cualquier cosa solo había que llamarlo no importando la hora. Dicho.
            Nos dimos la mano. El doctor nos acompañó hasta la puerta de salida. Nosotros le indicamos lo de la administración. Él dijo que la consulta no la iba a cobrar pero que fuéramos a pagar lo de la sangre y demás. Fuimos a administración y se canceló todo, que no fue gran cosa, realmente. Dentro de dos días volvía a tener cita a las cinco y media de la tarde en la misma clínica.

            Salimos muy agradecidos e impresionados por lo joven del médico y por su calidad de atención. Rumbo a la casa, yo con mi colgadero que a partir de esa misma noche iba a empezar a trabajar parejito, no el colgadero, sino la vía y la vena por donde iría a pasar todo.

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            En casa todo se dispuso para atender al enfermo. Mi cuñada colocaría el tratamiento, y esa primera noche una hermana haría de veladora del enfermo; en las siguientes, mi otra hermana, que había venido de Maturín a cuidarme también. Dios las bendiga. Mi hermana dormiría en su cama junto con su niña, una niña de cinco añitos, quien también iba a hacer de enfermera porque era el tío el que estaba enfermo y ella también ayudaría y estaba muy pendiente. Ella en su juego infantil, se hacía la idea que era una enfermera, y yo dejaba que ella ejerciera su rol, que lo disfrutaba, y a mí me alegraba ver su desempeño y su atención. El tío mientras tanto estaba ahí para dejarse atender. La primera noche fue buena. Dormí bien y los dolores eran soportables. Lo único malo era que para todo tenía que tener a alguien que me ayudara, tanto a levantarme o acostarme, porque ahí sí que dolía, sobre todo en la parte de la espalda, que era lo curioso, porque si era en el abdomen donde estaba el mal, por qué me tenía que doler la espalda. El caso es que veía estrellas cuando arreciaba el dolor de espalda. Tenía que levantarme para ir al baño y esa noche creo que exageré y fui como doce veces, tal vez, una por cada apóstol de Jesús. Pero yo orinaba por mí… Exagero, pero me tuve que parar más de la cuenta y me daba pena tener que molestar. Pero las cosas son como son. Y esas eran como eran.
            Al día siguiente muy temprano vino mi cuñada, tomó la respectiva muestra de sangre y puso el tratamiento. Al mediodía volvió para la renovación del tratamiento. Los leucocitos seguían en la misma cuenta. No bajaban. En el transcurso del día los que podían, y que eran todos, se venían a la habitación a hacerme compañía y a conversar.
            Al día siguiente volvimos a la cita. Igualmente, mi cuñada, mi otro hermano, y yo, que no podía faltar. El médico me encontró mejor, a pesar de que los leucocitos iban como iban. Me autorizó a tomar líquido y todo en líquido, como también cremitas y sopitas. Y todo seguía igual.
            Al día siguiente la misma rutina: la muestra de sangre y la renovación del tratamiento. Volvía a tener cita de entre dos días. Volvimos, era viernes. Los leucocitos no bajaban. Entonces, el médico decidió mandar hacer un eco. Fuimos, lo hicimos, y para mayor sorpresa el especialista decía que no había ningún plastrón, por lo menos en la parte del apéndice. Yo le dije que yo le había oído hablar a los otros médicos de que en la parte de arriba. Entonces, esculcó con su aparatico y encontró algo raro. Había un líquido y volvió a esculcar y confirmó un plastrón cubriendo un líquido, pero no en la parte del apéndice, sino más arriba. No me digan que diga dónde, sólo que era más arriba de algo y que sólo ellos sabían y saben. Yo me conformaba con tenerlo y eso era suficiente, si no mucho. Les tocaba a ellos precisarlo e identificar qué cosa era. El especialista solicitó la tomografía que mi cuñada cargaba por si acaso. La observó. Me mandó salir y se quedó estudiando el caso hasta que elaboró un informe. Nos entregaron los estudios con informe y todo, más confundidos todavía, y dando gracias a Dios, sin dejarnos de sorprender.
            Regresamos a la clínica donde nos estaba esperando todavía el doctor que me estaba atendiendo con tanta dedicación. Miró los resultados y lo único que dijo fue: -- “es aquí donde uno necesita ser Dios” --  ¿Qué quiso decir?, no lo sé. Lo que si sé interpretar es que él quería ser Dios, para qué, no lo sé. Parecía que estaba más confundido todavía. Y yo, pues, mirando para todos lados porque si él quería ser Dios, yo hubiese preferido que él hubiese sido, más bien, Jesús de Nazareth y que me echara la curada de una vez por todas, no importaba que hiciera barro con su saliva, como en el caso del ciego de nacimiento y que cuenta el evangelista, que ya ni me acuerdo quién fue el que lo contó, pero que me curara de una vez. Y bien curadito. Tal vez, aquí estaría el conflicto, porque él quería ser Dios, y yo quería que él fuera, más bien, Jesús de Nazareth. Y lo estaba rebajando de categoría. Conflicto de intereses y necesidades. Aunque a la hora de la chiquita era lo mismo, porque Jesús es Dios. Pero eso son cosas muy profundas, y yo tenía otras profundidades en qué entretenerme, y el médico en qué ocuparse como de hecho ya lo estaba.
            El caso es que el plastrón estaba pero ya no en la parte del apéndice, o tal vez, sí. Lo que sé es que yo estaba como estaba y todo por culpa de esa tripa con plastrón y todo. Se estaba pareciendo a la computadora de Reyes, el segundo de las Farcs, que cada vez tenía sorpresas nuevas y estaba intacta. Cosas que uno no entiende. Igualito al plastrón.

            El médico no decidió nada sino seguir como íbamos. Me puso cita para el domingo a la misma hora y en el mismo lugar y que estuviéramos muy atentos de los nuevos síntomas si se presentaban y que ante cualquier cosa nueva que surgiera, como de la computadora, que le avisaran inmediatamente, no importando la hora.

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Todo iba bien. Los dolores daban cuando se les antojaban. Y los retortijones del dolor, eso sí que daban en compañía, y tenía que arrugar la cara, que como ya tengo dicho, ya la tengo arrugadita por naturaleza, y cómo sería de fea, con el dolor. Eso para echarle la culpa al dolor, o a la vaca, o al plastrón, o a la cara, que no tiene la culpa la pobre de ser tan fea y como es. Pero no nos metamos en caminos peligrosos. Quedémonos como vamos y vamos bien. Bueno hasta los momentos, porque se avecina lo bueno, y que si qué, como veremos. Como aquel refrán argentino que dice: “Así como vamos, vamos bien, decía la loca, y la llevaban de los cabellos”. O, sea, como vamos, vamos bien, aun cuando sea de los cabellos. Se sentía bien la loca…así cómo iba…
Ya era sábado. Tenía cita para el domingo a las cinco y media de la tarde. La mañana del sábado había transcurrido bien, a no ser por las cremitas que me tenía que comer y a las que ya les estaba tonando idea. Pero, era lo que me mantenía para aguantar los dolores cuando venían. Y tenía que estarles agradecido. Peor hubiera sido sin la cremita. Eso hace recordar aquella canción del cantante mexicano Juan Gabriel en donde cuenta que María, un personaje de una de sus canciones, quería dejar a Juan, su marido, por influencia de los chismes de las amigas de María. María estaba sufriendo y quería dejarlo porque sus amigas se lo pedían y se lo tenían dicho porque el hombre la maltrataba y era un sinvergüenza, pero ella lo quería y lo amaba y en el fondo no lo quería abandonar. Y el cantante hace de personaje en su canción y le aconseja a María: “María no dejes nunca Juan; es verdad que es mal con Juan, pero todo puede ser peor sin Juan”; y sobre todo, le pide que no pierda su personalidad y que ella sabe que se aman y se entienden bien, a pesar de todo, y que no haga oídos de los comentarios de sus amigas. Muy bonita la canción y de un gran mensaje. Así estaba yo. Las cremitas ya no las podía ni ver y me daban un no sé qué de repulsión instintiva su vista, pero, era peor sin las cremitas. Así que tenía que estarle agradecido a las cremitas, por supuesto. Peor, hubiera sido sin ellas. No tendría entonces fuerzas ni para soportarme en pie. Estaba igual que María, la de la canción: “es verdad que es mal con Juan, pero todo puede ser peor sin Juan.
La cuñada había venido a la casa todo el día sábado y estaría totalmente dedicada a mi cuidado. Ella renovaba el tratamiento y todos lo demás detalles de enfermería en la que ella es licenciada y activa. Todo iba transcurriendo aparentemente bien. Como a las dos y media de la tarde me empezaron los dolores de abdomen, sobre todo en la parte de la columna, como a la altura de los riñones, o tal vez más arriba, que voy a saber yo dónde duelen los riñones, o si duelen, lo que sabía era que los dolores se me reflejaban por esa parte. Me sobaba yo mismo como un desesperado. Me retorcía y me movía para todos los lados que podía en la cama. Creo que lloré del dolor. Sí; si lloré. Aquello era insoportable para un solo cristiano, como se dice. Mi cuñada y mi hermana trataban de consolarme y me pasaban las manos por donde podían para tratar de calmar el dolor. De nada servía, pero la intención era muy buena y solidaria. Comencé a sudar frío. Supongo que cambiaría de color; es decir, de pálido, a más pálido. Y empecé a temblar. Era un temblor de frío insoportable. Temblaban mis piernas y mi abdomen, mi cara…. Todo temblaba. Me arropaban e igual temblaba. Era un frío terrible. Tal vez el frío de la muerte, como cuenta la gente mayor de nuestros campos. No sé si era el de la muerte, sólo que era un frío y un temblor desesperantes. Como pude pedí que me ayudaran a levantarme para ir al baño, quizás, orinando se me calmaría un poco. Me ayudaron y me dirigí al baño. Querían entrar conmigo al baño, pero me negué. Ahí se generó un impace, porque yo no lo permitía, y al fin entré sólo. Hice lo que iba hacer, a duras penas. Y en ese momento sentí que se me iba el mundo. Casi me caigo. Como pude salí del baño y me cargaron en brazos, casi me desmayo, y me desplomo en los brazos de otra hermana quien empezó a gritar y a llamar a todos, quienes en un instante estaban agarrándome. Se me había bajado la tensión y sentía que los ojos me bailaban de un lado para otro tratando de buscar precisar la mirada y de mantenerla fija para cerciorarme de todo mi alrededor, pero los ojos tenían bonche y bailaban para todos lados, menos de detenerse en un solo lugar.
La cuñada estaba en ese momento hablando por teléfono con el doctor. Era una emergencia.

Me llevaron a la habitación y empezaron a cambiarme de ropa y todos los demás detalles porque había que bajar a la clínica donde nos estaría esperando el doctor. No había tiempo que perder. El dolor había amainado un poco y ya era un poco más soportable la situación. Me dio nauseas. Trajeron un envase para esos menesteres pero solo fueron nauseas. Y salimos de la habitación. Nos íbamos para la clínica.

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Íbamos en el mismo carro un hermano, mi cuñada y yo. Otro hermano y su esposa estaban buscando los resultados de los exámenes de sangre, y todavía no habían llegado. Habían quedado que nos esperarían en la vía para la clínica, que por ahí nos encontraríamos. Yo iba con los dolores, a veces, más intensos, a veces, un poquito menos, pero el dolor constante, sólo variaba su intensidad, como cuando se le sube y se le baja el volumen a un radio, a veces, más, y a veces, menos.
Serían como las cuatro de la tarde, tal vez cinco. Igual da que haya sido a la hora que haya sido, lo importante es que era y como era, y que por lo visto, algo allá adentro había hecho estragos, supongo. Y que ahí me llevaban, rumbo a la clínica.
En el camino nos encontramos a mi hermano y a su esposa, que nos estaban esperando. Ellos siguieron detrás en su carro. Llegamos a la clínica. Nos esperaba el doctor, quien muy diligentemente dispuso de un cubículo con su respectiva camilla y me acostó en ella. Revisó el abdomen y tanteó todo en su chequeo de rutina médica. Todo estaba aparentemente bien, según su tacto. Le insistí al doctor que me dolía mucho la parte de atrás. Revisó. Nada de especial atención. Todo bien.
-- Doctor, no puede ser, es que me duele mucho la parte de atrás -- El doctor ya se mostró preocupado. No decía nada. Todo era silencio.
Entonces, en un arrebato de sinceridad miré directamente a los ojos del doctor, como siempre lo había hecho y él conmigo desde un comienzo, y le dije: --“Doctor, ¿quiere que le dé mi opinión?”--  Él no dijo nada, pero asintió con un leve movimiento de cabeza, casi disimulado pero que yo capté que aceptaría lo que yo iría a decir. Le dije:
-- “Doctor, arriésguese, y opere Doctor… Lo que vaya a ser que sea ya, doctor. Ya no aguanto más, doctor”-- Sentí que el doctor entreabrió más los ojos a través de sus lentes y respondió: -- “Yo no soy el que me arriesgo… es usted el que se arriesga” -- Sentí que los que me acompañaban se movieron y se echaron hacia atrás como diciendo “está loco”, ¿qué esta diciendo? Está loco fue el feedback que recibí de ellos, era lo que me transmitían, y en parte les doy la razón, pero tenían que colocarse un poquito en mi lugar. Entonces le respondí al doctor: -- “no importa doctor” -- e, insistí -- “doctor, lo que vaya a ser que sea ya, de una vez”. No se preocupe doctor -- El doctor aceptó mi sugerencia y empezó a disponer todo para la intervención.
Lo primero que dijo el doctor fue que pasaran por la administración para el ingreso y todos los demás trámites. Mi otro hermano fue y se encargó de todos esos detalles que en una clínica no dejan pasar por alto ni por descuido, por eso son clínicas privadas y son empresas. Ahí no cabe la menor duda y se entiende que así sea. Se comenzó a tramitar la clave de acceso del seguro en el que tengo una póliza para esas y otras muchas emergencias. Aquello era interminable. La gente del seguro se negaba, que no, que en esa clínica no, que tenía que ser en otra y daba el nombre, y era el nombre de la que yo le tenía tanto miedo, y menos mal que no fuimos desde un principio a ella, ya que según todo los que nos informaron los médicos, haber abierto en mis circunstancias, era muerte segura, y descanse en paz y Amén. Y paguen, igualito,  antes de sacar al muerto, o quien sabe cuánto tiempo hubiesen dejado al muerto en observación para cobrar un poquito más, total lo estaría pagando el seguro…
El seguro se resistía a aceptar y dar la clave de acceso para dar la autorización de mi hospitalización e intervención quirúrgica. Hubo que llamar a la muchacha que había hecho de corredora del seguro para hablar con ella y explicar lo que en esas circunstancias no tiene explicación sino aplicación. Así de sencillo. Tampoco voy a decir el nombre del seguro, no sea que me demanden, pero cuántas ganas tengo de decir su nombre y su compañía para que nadie se apunte en ese seguro. Creo que el calificativo sería menos del límite de ineficiente. Tanto insistieron que casi como a las ocho de la noche fue que aceptaron y dieron la clave. El doctor, mientras tanto, estaba haciendo todos los preparativos, y entre otras cosas, estaba contactando a otros médicos para que vinieran a darle una mano, con su respectivo pago, supongo, porque en esas circunstancias e instituciones nadie trabaja de gratis. Y se entiende. En caso de que el seguro no aceptara mi familia estaba dispuesta a juntar lo que se pudiera juntar, añadiendo también de lo poco de lo mío, para que la intervención fuera a como diera lugar y a pesar de todos.
Mis hermanos hablaron con el médico en los pasillos. El doctor decía que iba a operar porque el padre se lo había pedido de por favor, y porque a pesar de que clínicamente todo estaba bien, por lo menos al tacto, el paciente tenía dolor y síntomas que no iban y encuadraban con el análisis clínico. Que algo estaba pasando, sobre todo con los dolores en la parte de atrás. Mis hermanos estaban asustados y es de suponer. Pero el médico los tranquilizaba porque todo iba a salir bien. Lo primero que harían sería la laparoscopia y harían un estudio preliminar para ver cómo estaría todo allá adentro. Sólo después del sondeo con la laparoscopia abrirían para intervenir y sacar lo que había que sacar. Que estuvieran tranquilos.
Mientras tanto, a mi me mandaron a rasurarme la parte baja del abdomen y me pusieron una bata abierta de color azul y unas zapatillas del mismo material y color. Ya habían venido a hidratarme y creo que ya llevaba dos botellas de solución. También me pusieron un gorro del mismo material y color. Debí verme cuchi-cuchi. Lástima que no me tomaron una foto, porque sería parte del recuerdo y de la historia, ya porque fuese positiva para recordarlas y reírnos después de los acontecimientos, o, ya para que quedara como recuerdo nostálgico de lo último que me hubiese puesto. Todo era posible.
Como a las nueve y media de la noche vinieron por mí. Me hicieron cambiar de camilla y me llevaron a la sala de operaciones. Allí había un enfermero y una enfermera y tres doctores. Estaba la doctora anestesióloga quien me preguntó que si fumaba, que si tomaba, que si tenía cáncer, que si… y un poco de preguntas y un poco de respuestas cortas y precisas. Casi todas eran “no”. Yo seguía rezando mi rosario con mucha tranquilidad. Y no era que estaba rezando el rosario porque estaba asustado, o porque soy un santo y quería echármelas de muy-muy, sino porque rezo el rosario todos los días y ya es costumbre en mí, además porque soy cura, y ya es costumbre el que rece el rosario cuando no tengo nada qué hacer para entretenerme, una o varias veces al día, para tener entretenido el pensamiento en algo positivo. Y no tenía nada qué hacer. Estaba estirado en una camilla en la sala de operaciones de una clínica. Ná’pelusa, como se dice. En qué iba a pensar. Por lo menos rezaba el rosario y con eso me entretenía con toda naturalidad y no llevaba la cuenta de las Avemarías…
Intenté percatarme de mis sentimientos en esos momentos. Me sentía muy tranquilo. La conciencia no me reclamaba nada. Todo lo que había hecho lo había hecho con conciencia y no sentía que me había aprovechado de nadie. Y eso me tranquilizaba. Recordé algunos casos en donde las cosas se me habían torcido y me había metido en algunos problemas. Pero, no porque lo había hecho con esa intención de causar problemas o complicaciones, sino porque las otras personas las habían torcido para sus propios provechos en perjuicio mío. Y, entonces, se habían presentado problemas. Pero, aun así, me sentía muy tranquilo, porque había hecho las cosas con conciencia y creo que también con conciencia y libertad de las otras personas. No me había aprovechado de nadie ni de nada. Todo lo había hecho con libertad, y, con seguridad las otras personas también, pero que se les habían despertado intereses y circunstancias distintas que entonces habían torcido las cosas para sus provechos. Pero mi conciencia no me reclamaba nada. Todavía hoy. Gracias a Dios. Y si eso el cielo… Eso creo…
Recé por esas personas un avemaría. Y no por santo o porque tenía miedo del más allá. Eso me tiene sin cuidado. Eso ya es problema del más allá y de Dios. No el mío. A mí me toca resolver es el más acá, aunque yo estaba entre el más acá y el más allá. Eso sí, ni para saber hacia donde más. Estaba tranquilo, en todo caso. Y eso me daba mucha paz.
Quise llamar al doctor para decirle que si las cosas se complicaban que lo dejara todo, que no luchara, que me dejara ir, pero que no me hiciera sufrir, porque soy muy cobarde al dolor. Pero no tuve la oportunidad. Sólo vi al doctor en un instante y no pude conversar con él.
No supe más de mundo. No vi luces ni nada parecido, ni jardines. Algunos en esos casos cuentan que han visto a San Pedro con un bojote de llaves. Yo no ví, ni siquiera el bojote, muchos menos las llaves. Algunos cuentan unos encuentros de luz maravillosas. Tal vez, porque no me habían puesto los reflectores del quirófano en toda la cara, sino en el abdomen, que era donde iban a operar y a maniobrar. No supe de más. Sólo cuando sentía que respiraba con dificultad y como que roncaba con mi respiración. Sentí que movieron la camilla hacia atrás y me dejaron un momento. Después sentí que movieron la camilla, tal vez hacia el pasillo. Recuerdo haber visto a mi mamá y haberle pedido la bendición. Ella me la dio. Recuerdo que el camillero o enfermero me pidió que me moviera y que me cambiara de camilla, tal vez, para la de la habitación. Lo intenté pero no me obedeció el cuerpo y le contesté -- “no puedo; ayúdenme” --  Y en eso mi hermano y el enfermero, y no recuerdo quien más, me alzaron y me cambiaron de la camilla a la cama. Oía que decían que se había complicado y debió ser, porque según me cuentan, eso era lo que yo repetía, pero no recuerdo haberlo dicho. Tal vez, sí. La anestesia. O tal vez sí se había complicado…O ya todo estaba complicado antes de la misma operación…
Recuerdo haber preguntado la hora. Me dijeron que era más de la una de la mañana. Ya era domingo. Recuerdo que se quedaron mi hermano y mi cuñada para cuidarme, a los que miraba de vez en cuando y les hacía señales con las manos, como diciéndoles “hola; aquí estoy”. Ellos también movían las manos como respuesta y yo continuaba como estaba entre dormir un poquito y despertarme otro. Ellos estaban apurruñados en el mueble de la habitación y como pudieron se acomodaron para pasar el resto de la madrugada.
Amaneció y vimos, como se dice (el refrán dice “amanecerá y veremos”). Todo normal. La renovación del tratamiento, las inyecciones de rutina. Como a las nueve de la mañana vino el doctor. Saludó. Nos saludamos cariñosamente. Quitó la cobija y revisó la herida. Tanteó alrededor para ver si dolía, y en algunos sitios dolía, pero ya no tanto como antes de la intervención. Todo normal. No hizo nada. Hablamos muy superficialmente y se fue hasta el otro día en la mañana que volvió a hacer la primera cura al cura. Suena cómico, pero así era. En esa cura quitó algunos puntos para abrir la herida para que supurara. Vi al diablo en ropa interior, del dolor (es una manera de decir). El médico metió el dedo, echaron agua oxigenada y salían burbujas blancas a torrentes. Echó otro líquido y comenzó a limpiar y después a tapar con gasas. Cerró y dejó así hasta el otro día. Aquí vale la pena colocar aquel chiste del médico que era tan malo como médico que al día siguiente cuando iba a visitar a los pacientes, en vez de preguntarles que ¿cómo habían amanecido?, preguntaba: ¿cómo? ¿Amaneció? No era el caso presente, por supuesto, para alivio mío y consuelo de mi familia.
Ese domingo vinieron dos personas de la parroquia a visitarme. No estaba para visitas pero tenía que atenderlas. Me conformaba con mi familia que estaba toda presente. Mi cuñada y mi hermano se habían ido a descansar. Prácticamente nadie de mi familia había descansado porque llegaron, según me contaron después, casi a las cuatro de la mañana de regreso a la casa, y entre hablar de la situación y de la operación, porque los que se habían quedado querían detalles, se hicieron las seis de la mañana. A esa hora prepararon desayuno para todos y para los que se habían quedado en la clínica y volvieron otra vez a la clínica. En esos casos pasa el trabajo el enfermo pero también los familiares. Tal vez, más ellos, porque uno está donde está y hasta acostado dispuesto a que le hagan de todo. Mientras que a los familiares les toca todo el corre-corre de esos casos, que si la comida para el resto, que si la ropa del enfermo, que si el dormir o descansar un poco, que si la medicina, que si el dinero que falta para ir y venir, que si el trasnocho, que si el cambio de turno para cuidar al enfermo. Es duro para ellos. Y, es donde, uno, como enfermo también se puede valer de la ocasión de enfermo y aprovecharse de la generosidad de la familia, y pasar a ser la víctima, que si con los dolores, que si me lleven o carguen para allá, que si me muevan para este otro lado. Uno, realmente, se puede aprovechar y hasta abusar de su situación. Y, es, entonces, cuando se necesita estar bien aplomado para evitar esa tentación. Y el enfermo tiene que tener todo bien puesto para no dejarse victimizar, porque esa es la otra tentación. La familia lo sobreprotege a uno que a veces lo inutiliza. Creo que la cosa tiene que ser como dice el refrán: “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que deje de alumbrarlo”. Ciertamente, uno está enfermo, pero no inútil, aunque casi es la misma cosa porque uno enfermo ya es un inútil, no sirve para nada, sino para estar enfermo. Pero, no se trata de exagerar la nota, como se dice.
A este punto creo que sería muy bueno hacer dos decálogos o dos reglas, tanto para el enfermo como para la familia del enfermo. Tal vez no llegue a diez en cada caso, porque por eso se llama decálogo (diez leyes o normas o lineamientos), pero intentémoslo, a ver. Comencemos con los diez lineamientos y las diez leyes para el enfermo, primero.

Decálogo del enfermo:

1)      Está enfermo, no inútil. Procure hacer sus cosas sin necesidad de estar molestando a la familia.
2)      Procure que no le estén dando la comida en la boca cuando usted mismo lo puede hacer. No está inútil.
3)      Procure no quejarse tanto. Se sabe que le duele, aquí o allá, en los dos lados al mismo tiempo, pero no haga sufrir a la familia que quiere que usted no sufra. Pero aguante.
4)      No ponga cara de victima, que ya todo el mundo sabe que está enfermo.
5)      Ponga cara de elegancia, a pesar de los pesares, y no busque llamar la atención ni buscar dar lástima.
6)      Tenga dignidad como persona. No se deje manipular por los que quieren ayudarle, ya que ellos también, en su muy buena intención buscan inutilizarlo más de lo que ya está por lo postrado en la cama.
7)      Mantenga su propio aseo, si es posible hacerlo por usted mismo. Es muy lastimero llegar a ese extremo de que le tengan que colocar hasta el envase para orinar o lo otro debajo. Si usted puede hacerlo y levantarse, hágalo. No haga más deprimente la situación.
8)      Sea firme en darles un parado a la familia que quiere que usted no haga nada porque todo se lo quieren hacer ellos.
9)      Sea agradecido con todos. Por lo menos sonría y hable con cariño ya que todos están muy sensibles y una palabra disonante de su parte les duele mucho a ellos. Haga que todos, con todo y todo, se sientan a gusto de estar a su lado acompañándolo.
10)  Procure hablar de otras cosas que no sea de la enfermedad, aunque a veces es inevitable.
11)  No eche las culpas a nadie. Así es la vida, y qué le vamos a hacer. Sufrirla y vivirla como viene y venga. “Lo que jué, jué; dijo la boba”, como dice el refrán. O, sea, que la boba no era tan boba, era inteligente, y no está echando culpa ni a nada ni a nadie.

Como ven, salieron hasta once leyes. De manera que ya no se podría llamar decálogo, sino undecimocálogo, es decir, once leyes. Esa palabra tal vez ni exista, pero vamos a inventarla y séanos válida. Las palabras no porque no estén en el diccionario de la Real lengua española o en el diccionario, no existen y no son válidas. Al contrario. Véase lo que dice Ángel Rosemblat en su colección de Buenas y malas palabras, al respecto. O, sea, que ya existe esa palabra y es válida porque la estoy usando aquí, y es válida y útil para querer expresar lo que se está queriendo expresar. Véase también en la parte de la filosofía del arte, donde se dice y habla de lo inexpresable en el contenido de lo que se quiere decir, que se lleva a utilizar frases o palabras que recogen todo lo que se quiere expresar, ya sea, en el arte del escribir o en cualquiera de sus manifestaciones que el arte tiene. Eso como para colocarme a la defensiva para justificar lo que estoy diciendo.
Ahora bien. Pasemos al decálogo para los familiares del enfermo y otro para sus visitantes. Por lo visto en algunos puntos se van a parecer al undecimocálogo anterior. Veamos.

Decálogo para los familiares del enfermo:

1)      El enfermo está enfermo, no inútil. Deje que él puede hacer algunas cosas por él mismo.
2)      Evite el sentimiento de paternalismo que paraliza y estupidiza al enfermo. Él puede solo. Déjelo.
3)      Ayude a que el enfermo tenga respeto por sí mismo. Es una persona que tiene dignidad. Respétesela y haga que él mismo la respete.
4)      No sienta los males que el enfermo siente, ni tampoco le invente más males de los que ya tiene. Es decir, a veces, al enfermo no le duele la cabeza y a veces la familia inventa que le duele la cabeza y comienza a tratarlo como tal. Eso indigna al enfermo que tiene respeto y dignidad.
5)      No manipule al enfermo para que haga esto o aquello otro, porque está enfermo. Respételo. Y si el enfermo dijo que no a tal o cual cosa o sugerencia, no se la imponga. Respételo.
6)      No se deje manipular por el enfermo, que a veces, sacan partido y ventaja de su situación.
7)      No ponga cara de lástima cuando venga a verlo o cuando está acompañándolo. Eso fastidia al enfermo que se respeta además de contagiar energía negativa.
8)      No hable muy duro ni tire las puertas de la habitación porque eso perturba la mente y la estabilidad emocional del enfermo que está muy sensible.
9)      No esté sobando al enfermo más de la cuenta. Algunos familiares comienzan que si a sobarles las manos o los brazos como si con ello aliviaran el mal. El mucho contacto físico fastidia. Guarde su debida distancia. Todo donde debe estar.
10)  No apurruñe al enfermo ni le hable así como a niño recién nacido, así como, chuuucucuucuu. Eso molesta e indigna. Es el mismo fulano pero que está enfermo, no un fulano que ahora es un fulanito o niño. No exageren.

Ya salieron las diez normas para los familiares y los que asisten a los enfermos. Tener en cuenta esos y muchos otros detalles ayudan mucho a la recuperación rápida, ya que es muy importante la no inutilización del enfermo, ni para chantaje, ni para chantajear. Todo en su justo equilibrio. Parte de la recuperación física está en la mente del enfermo y se puede estar incapacitado circunstancialmente de manera física, más no de manera emocional y en la mente. Este libro es una prueba palpable y evidente de eso. Este libro está siendo escrito en plena convalecencia de mi enfermedad. Todavía no tengo una semana que me dieron de alta de la clínica y apenas tengo apenas unos días que cerraron la herida que habían dejado abierta para que supurara y estoy escribiendo el libro, y ya estoy casi a punto de terminarlo. Tengo que bañarme tres veces al día y curar la herida que todavía está supurando porque dejaron dos hoyitos para que por ahí salga todo el resto que tiene que salir y con una cicatriz que está sanando pero de manera muy lenta. Cuando me duele, tanto la espalda, porque todavía duele y no entiendo por qué, pero duele, o la barriga donde tengo la herida que está cicatrizando me tengo que acostar un buen rato después de una pastilla para el dolor. En esas ando. Y en esas estoy casi terminando el libro. A mí me encanta y no lo releo, sino para corregir errores ortográficos, y no para cambiar palabras o añadir otras para que sea más bonito. Eso no. Sería estropear mi propia expresión.

 Otra cosa que el libro sea bueno o no. Eso es ya cuestión de gustos, y aquí tienen razón los críticos de arte, que dicen que el arte no se hace para agradar a nadie, si no, ya no sería arte. El arte se hace, ya una pintura, un poema, una canción, o cualquier manifestación de expresión humana, porque se siente la necesidad de hacerlo y de expresarse, sin pensar que va a gustar o no. Porque si así fuera, ya no sería arte, sino comercio porque se busca que guste tal o cual producción. Y eso ya no sería sino producción en serie, y dejaría de ser expresión. Así que el valor o su bonitura no es lo que cuenta. 

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Es necesario también una especie de leyes para los visitantes de un enfermo, que creo sería muy útil. Vamos a intentarlo a ver qué nos sale. Veamos.

Decálogo para los visitantes de un enfermo:

1)      No ponga cara de velorio cuando llegue a visitar a un enfermo. Eso deprime. Así el enfermo esté como esté, sea prudente. Esa energía se recibe y el enfermo desea, más bien, no recibir visita.
2)      No cometa la imprudencia de preguntar que cómo está. ¿No está viendo que está bien…. como está?[1] Esa pregunta está de más. Tampoco se ponga a decir que es una bendición especial su situación o algo parecido para buscar resignación o explicación a algo tan evidente que no tiene comprensión, sino desde el misterio y eso le corresponde únicamente a Dios, y, a nosotros, sólo enfrentarlo y asumirlo, con dolor, por supuesto, y con lucha interna.
3)      No se ponga a comparar al enfermo con fulano o con sutano que también sufrió lo mismo y que ya se mejoró. Uno no está para que lo estén comparando. Eso no ayuda en nada. Uno es uno y punto. No comparen, por favor.
4)      Si va, vaya con energía positiva. Deje sus problemas en su casa y sus conflictos emocionales y afectivos afuera antes de entrar a la habitación. No tiene uno tiempo para estar cargando energía negativa de otros, con las que ya se tiene son suficientes. Pa’ enfermo uno. ¡Pa’qué máshc!
5)      Si tiene problemas con alguien de los que está en la habitación visitando al enfermo, venga otro día o espere a que esa persona se vaya, porque esa energía la recibe uno y eso molesta e indigna, además de ser una falta de consideración y de sentido común. Y tiene uno que lidiar con dos personas en conflicto para no indisponer a nadie con nadie, y uno no está pa’aguantar a otro, si apenas está para sobrellevarse uno mismo. No sea desconsiderado.
6)      Vaya bien bañadito y por lo menos oliendo bueno porque es muy desagradable tener que soportar mal aliento y sudores.
7)      No se esté mucho tiempo. Ya fue, ya vio, ya habló lo suficiente, deje para otro día, que el enfermo también se cansa y necesita reposo, a no ser que el mismo enfermo le pida que se quede un poco más, porque significa que está disfrutando de su presencia y compañía.
8)      No se ponga a pasarle la mano por arriba y por abajo, mucho menos a sobarle la cara, al enfermo, que eso indigna. Guarde su distancia.
9)      No acapare al enfermo. Los demás también necesitan un ratico con el enfermo además de un poquito de privacidad en esa relación interpersonal.
10)  Sea prudente, y dése cuenta de cuándo no lo está siendo, para tomar decisiones como de irse ya, o de cualquier otra opción que no vaya contra el sentido común, ni del enfermo, ni de los que están allí, ni de la familia.

Bueno ya han salido cosas muy interesantes. Pasemos, ahora, al relato de los días posteriores de la operación.



[1]              A este punto es preciso anotar que no por eso se está diciendo que no hay que visitar al enfermo. Si se puede visitar, hay que hacerlo, pero siempre dignificando a la persona, por sobre todas las cosas. En la primera edición de este libro, muchos tomaron la idea de no visitar. No se decía eso.